Crónica del Segundo Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan: Nuestra experiencia colectiva [Rumbo al 8M]

Por Regina López, Isabel Bermejillo, Natalia Magdaleno, Michelle Ponce, Mara Mulato, Fernanda Aguirre, Jennifer Goytia y Carla Lamoyi. Fotografía de portada: Regina López.

Este texto está dirigido únicamente a mujeres, a las que fueron y a las que no lograron llegar. Te pedimos a ti hombre que respetes este espacio, y advertimos que, así como tu presencia no fue convocada en el encuentro, este texto tampoco te convoca.

Entrada al Semillero “Huellas del Caminar de la Comandanta Ramona”. Foto por Regina López

Introducción

Esta es una crónica escrita por varias mujeres que desde sus diversas miradas, posturas y su forma de comprender y aprender, compartimos nuestra experiencia y nuestras reflexiones sobre el Segundo Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan; convocado y organizado por mujeres zapatistas durante diciembre del 2019 en las montañas de Chiapas.

Clausuramos el Primer Encuentro de Mujeres que Luchan en marzo del 2018 con el acuerdo de «seguir vivas y luchando». Muchas compañeras nos convocamos para dar continuidad y encontrarnos de acuerdo a «nuestros modos, nuestros tiempos, y nuestros territorios». En respuesta a esto, las mujeres del Congreso Nacional Indígena (CNI) y Concejo Indígena de Gobierno (CIG) llamaron a otros dos encuentros, en los que se pudiera pensar la lucha antipatriarcal, descolonizadora y anticapitalista, de manera segura y sin la mirada masculina. El primero, a finales de julio de 2018 en la comunidad otomí San Lorenzo Nenamicoyan, Estado de México, y el segundo un año después, en San Juan Volador, pueblo nahua en Veracruz; bajo la idea de «¿Dónde está pues tu lucecita que te dimos?» haciendo alusión al apapacho que nos compartieron las zapatistas al cierre del primer encuentro. 

Para nuestra tristeza, en febrero del 2019, las zapatistas compartieron un comunicado diciendo que sería imposible encontrarnos nuevamente; denunciaban la falsa idea del Estado en transición, el alza de la violencia hacia las mujeres por parte de agentes estatales, militares, y paramilitares, las hostilidades y amenazas a los territorios resguardados por pueblos originarios. Por estas razones no era un momento, ni un espacio seguro para hacerlo.

En septiembre del 2019 las zapatistas, convocaron de nuevo para reunirnos en sus tierras autónomas, con un sólo eje de discusión: la violencia contra las mujeres. El encuentro estaría dividido en dos: un primer momento para soltar el dolor y la rabia, a través de la denuncia, y un segundo para reflexionar sobre las herramientas para combatir esta guerra silenciada. 

Jueves 26 de diciembre: «Estar entre mujeres es un motivo de fiesta»

Cada una decidió por su cuenta que haría lo necesario para ir al encuentro. Los procesos internos para tomar esa decisión fueron distintos, pero todas queríamos ir en compañía de otras para cuidarnos en el camino y descifrar cómo llegar juntas al Caracol Torbellino de Nuestras Palabras, de la zona Tzots Choj en Chiapas. Unas ya éramos amigas, otras amigas de amigas, conocidas, o extrañas. Por esta razón, el grupo se conformó por mujeres de distintos contextos, edades y con diferentes posturas. Nos reunimos un par de veces antes del viaje. Cada una aportó sus conocimientos para organizarnos, sobre todo las que ya habían ido al primer encuentro; elegir cuál era el mejor transporte, cuántas casas de campaña, qué víveres llevar, quiénes nos iban a monitorear en el camino y la realización de esta cobertura.

Después de un viaje de 14 horas, despertamos a las siete de la mañana. El autobús hizo una parada en Tuxtla y una hora después llegamos a San Cristóbal de Las Casas. Luego de buscar por un buen rato transporte para llegar al semillero Huellas del Caminar de la Comandanta Ramona, logramos apretarnos como pudimos en dos taxis que nos llevaron hasta el lugar de registro. 

Nos registramos en la entrada del Caracol, después nos llevaron al semillero en camionetas manejadas por choferas. Allí nos recibieron mujeres zapatistas, nos dieron la bienvenida, ayudaron a bajar y cargar nuestras mochilas hasta el lugar en donde acamparíamos, y nos explicaron con paciencia en dónde estaban los baños, regaderas y comedores, estos últimos manejados por compañeras de los distintos colectivos y cooperativas de los Caracoles. La hospitalidad, el calor y el cuidado de las compañeras zapatistas se sintió desde el momento en que bajamos de la camioneta. Fuimos de las primeras en llegar y, después de armar nuestro campamento, decidimos dar una vuelta para conocer y reconocer el espacio que habitaríamos durante tres días.

Varias crónicas y testimonios cuentan que en 1993, durante las asambleas del Comité Clandestino Revolucionario Indígena (CCRI) en las cuales se discutía la Ley Agraria Revolucionaria, en paralelo las mujeres zapatistas abogaban por la aprobación de la Ley Revolucionaria de Mujeres, que llevaban meses consultando, discutiendo y organizando. 

Dicha ley se aprobó y aunque sólo consta de diez puntos, plantea soluciones para erradicar complejos problemas estructurales del patriarcado, que gracias al esfuerzo de las mujeres, comenzaron a desmontarse desde ese entonces. Propuestas como: la participación activa en la lucha revolucionaria; el derecho al trabajo con un salario justo; la decisión sobre los hijos que quieren tener y cuidar; el derecho de obtener cargos (comunitarios y en el ejército) y de decisión sobre asuntos comunitarios, salud, educación y alimentación; el derecho a elegir a sus parejas y decidir sobre el matrimonio; la abolición y el castigo a la violencia física y el abuso sexual. Esos fueron los puntos que abrieron el camino para la liberación de las mujeres zapatistas. 

Su lucha, como nos lo han compartido en diversos comunicados y textos, ha sido continua y nunca han claudicado. Como parte de sus logros está la «ley seca permanente», lo cual significa que dentro de las comunidades zapatistas no se puede beber alcohol ni consumir drogas, por ser uno de los principales motivos de violencia dentro y fuera del hogar.

Resguardando el territorio. Foto por Regiina López.

En la noche, la cumbia y el reguetón avivaron los ánimos.  Nos acercamos a un círculo de cuatro mujeres, ninguna de ellas había llegado acompañada al encuentro. «Yo no tenía con quién venir, pero tenía ganas y vine. Ni traigo casa de campaña, pero aquí la compañera me va a hacer favor de prestarme la suya» contó Minerva, bailando muy contenta, señalando a sus nuevas amigas. Una chica interrumpió el baile para decir que era cumpleaños de su amiga y pidió que le cantáramos las mañanitas. Cantamos y aplaudimos ante la petición, «Gracias, muchas gracias» dijo la cumpleañera, conmovida. Quizá es una analogía muy simple, pero entre el baile y las felicitaciones, recordamos que estar entre mujeres es un gran motivo de fiesta.

Viernes 27 de diciembre: «Así que sin pena, hermana y compañera, dígalo con su dolor, llore su coraje, grite su rabia»

En el transcurso de la noche las compañeras siguieron llegando. Despertamos entre las 8 y 8:30 de la mañana rodeadas por miles de mujeres, con la seguridad  de que por los siguientes tres días estaríamos libres de la mirada masculina. Nos llenaba de emoción encontrarnos con amigas queridas, y preguntamos ¿tú a qué hora llegaste?, ¿cómo dormiste?, ¿ya tomaste café?, pequeñas muestras de afecto hacia una cotidianidad a la que gustosamente nos arrojamos. 

En cierto momento de la mañana pusieron música desde el templete, no fueron «Las mañanitas» (como sucedió en encuentro del año anterior), fue la canción de reguetón «Despacito» para sorpresa de todas. Varias nos sonreímos confundidas, pero aún así, bailamos y cantamos.  

El tiempo transcurría, dábamos vueltas sin saber qué hacer. Esperábamos ver  mantas con un programa de actividades ya establecido, y su ausencia provocó ansiedad en algunas de nosotras. Paquita, nuestra vecina de campamento, una mujer vasca de unos 60 años, nos dijo: «¿qué prisa tenemos?». Y era verdad: ¿qué prisa teníamos?, estábamos juntas. Caímos en cuenta de que el encuentro ya había comenzado, y que teníamos que calmar nuestros ritmos de ciudad.

En ese desconcierto, comenzaron a organizarse pequeños grupos. En uno de ellos, algunas de nosotras nos pusimos a entrenar técnicas de golpes y autodefensa, al que poco a poco se sumaron más mujeres. Una de las compañeras zapatistas anunció que pronto se realizaría la inauguración. Cada una se alistó y a alrededor de las 13:00 (hora zapatista) comenzó la ceremonia. Las compañeras nos pidieron despejar el campo de fútbol y ponernos en círculo, dejando el centro libre. La comandanta Amada, en el templete, tomó el micrófono y comenzó a hablar. 

Escuchas. Foto por Regina López.

Cada frase nos dolía, asentíamos con la cabeza, se nos derramaban las lágrimas, y pensábamos en todas la mujeres que estaban ahí, en las que no pudieron ir; en cómo acuerpábamos cada una de esas palabras. Al terminar el discurso, las compañeras milicianas e insurgentas nos dieron una bienvenida «a su modo», como dijo la comandanta. 

Se formaron en dos filas en el centro del campo y sonó la famosa cumbia «17 años», sin letra. Avanzaron marchando y golpeando unos bastones de madera, transformando la melodía original, que nos atrevemos a decir, ninguna de las asistentes volverá a escuchar de la misma forma. Así se inauguró formalmente el Segundo Encuentro Nacional de Mujeres que Luchan. 

La comandanta Amada, explicó la estructura en la que estaría organizado el encuentro. Propuso que ese primer día hubiera una sola mesa de denuncias; el siguiente, una serie de mesas en las que discutiríamos sobre «¿qué vamos a hacer?», y el tercer y último día sería dedicado al programa artístico y cultural.

Estábamos conmovidas por la inauguración cuando alrededor de las 14:00 comenzaron las denuncias. Éramos muchísimas mujeres en el templete, atentas y escuchando de forma activa hablar a una por una. Durante esas primeras horas pasaron al micrófono mujeres que contaban sus experiencias personales, otras que habían trabajado dentro de organizaciones que tratan casos de violencia. También se denunció la presencia de pederastas en redes sociales pidiendo que advirtiéramos a la infancia, se habló sobre los múltiples asesinatos de defensoras  del territorio en distintas geografías, y una poeta Tzotzil leyó algunos versos en los que hablaba de la situaciones de violencia que viven en su comunidad.

Hablaron las mamás de las víctimas de feminicidio. Sacrisanta Mosso Rendón, madre de Karen y Erick; Irinea Buendía, madre de Mariana Lima Buendía; Aracely Osorio, madre de Lesvy Berlín Osorio; María Becerril, madre de Zyanya Estefanía Fajardo Becerril. Todas ellas representan la lucha contra un Estado patriarcal, y exponen la ineficacia de la justicia mexicana. Estos casos son el desenlace más trágico de la violencia hacia las mujeres. Violencia sobre la violencia, porque no sólo nos matan de formas terriblemente crueles, además, nos culpan de nuestras muertes, exponen nuestros cuerpos mutilados y violentan a las mujeres que buscan justicia para las que ya no están, para las que no pueden o no tienen la fuerza para alzar la voz. Nos preguntamos, ¿a cuántas más tienen que asesinar para que esto pare?

Nos sorprendió la forma en que se repetían las historias de violencia patriarcal: desde el abuso infantil dentro de las casas, violaciones en fiestas por supuestos amigos, violencia económica, violencia laboral, territorial, obstétrica, racista, de clase, estatal, entre muchas más, sin importar de qué país o de qué contextos venían las mujeres. Muchos de estos casos fueron denunciados desde el anonimato. Por respeto al espacio seguro y a la intimidad que construimos en ese momento, sólo profundizaremos en algunas denuncias de carácter público o que tienen que ver directamente con la omisión de las instituciones, y del Estado mexicano.

Escuchar las denuncias nos llevó a ahondar en algo que sabíamos pero que nunca había sido tan claro: que el patriarcado tiene una forma de operar que se ha repetido, que ha funcionado y que ha sido protegida por el silencio, por el solapamiento. Que pasar al frente y tomar un micrófono para atrevernos, por fin, a decirlo en voz alta, no sólo es importante para sanarnos entre nosotras, es un acto político para comenzar a organizarnos, defendernos y desmantelar las estrategias que han usado los hombres para tener poder sobre nosotras, violentarnos y asesinarnos. Cada una de las historias terminaba con el grito de «¡no estás sola!», y así nos sentimos. Por último un abrazo colectivo, un abrazo que  se convirtió en una de las acciones más importantes del encuentro. Eso que sentimos en ese espacio de seguridad, fue mencionado por las compañeras en su discurso de cierre

¿Cómo es posible que una mujer con esos dolores, esas penas, esos corajes, esas rabias, tenga que venir hasta estas montañas del sureste mexicano para recibir lo menos que nos debemos entre mujeres, que es un abrazo de apoyo y consuelo?

Tal vez la mujer que no ha sufrido una violencia piense que eso no es importante, pero cualquiera que tenga un poco de corazón sabe que ese abrazo, ese consuelo, es una forma de decir, de comunicar, de gritar que no estamos solas.

Entre las denuncias, compañeras pedían el micrófono para invitar a abrir mesas de discusión sobre temas específicos como: migración, existencia lésbica, mujeres tapatías, chilenas, maternidades, abolicionismo, el megaproyecto del Tren Maya y sus impactos, entre otros. A las 20:00 horas, la compañera zapatista que estaba encargada de ese espacio, anunció que de 73 denuncias anotadas en la lista, se habían realizado sólo 11. Decidimos parar y continuar el día siguiente. 

Para ese momento ya era claro que nosotras mismas, todas, estábamos construyendo el programa que pensamos que organizarían las zapatistas. Ellas nos compartieron la autoorganización, crearon un espacio seguro y propicio para que nosotras fuéramos las que propusiéramos qué queríamos hacer y en qué momento, algo a lo que no estamos acostumbradas.

Ya había anochecido cuando subimos al templete, curiosas de saber por qué tantos gritos, aplausos y risas. Mujeres pasaban al frente a cantar y aunque no se supieran la letra completa, pedían que les soplaramos las primeras estrofas y todas la acompañamos cantando. Después participaron mujeres que interpretaron música de su propia autoría, en géneros que iban desde el pop hasta el rap. A varias nos ganó el sueño y nos fuimos a dormir, escuchando a lo lejos a las que seguían cantando y gozando. 

Sábado 28 de diciembre: «No podemos seguir en la normalidad, si la normalidad nos mata»

Iniciamos el segundo día más organizadas. El grupo de autodefensa se mantuvo constante, todas las mañanas se observaban decenas de mujeres entrenando. Compartieron técnicas de diferentes artes marciales, la multiplicidad de formas de responder: con palabras, miradas, patadas, etcétera. Se resaltó la importancia de la consciencia de que nuestro cuerpo es capaz de defenderse y defender a otras. Y aunque se hablaba de los momentos de peligro, de las vivencias ojetes diarias, nos llenábamos de goce y risas por el sentimiento compartido de que somos fuertes y cabronas. 

Las denuncias continuaron con las integrantes del Movimiento de mujeres en defensa del territorio. Mujeres indígenas, mestizas y campesinas en Chiapas contaron cómo el devastador proyecto del gobierno morenista Sembrando Vida, además de todas las implicaciones ambientales y sociales que tiene, trae consigo también violencia machista a sus casas. Relataron que en algunos lugares, después de cobrar los cheques que les da el gobierno, los hombres, quienes en su mayoría tienen los títulos de comuneros, gastan ese dinero en alcohol y después llegan a sus casas a golpear y violar a las mujeres. Ellas luchan por sus derechos dentro de las comunidades que habitan, para ser comuneras y que los bienes comunales no sólo sean reconocidos para los hombres. 

Durante esos dos días, se habló sobre los megaproyectos propuestos en sexenios pasados y su continuidad en el gobierno actual. Mujeres organizadas, sobre todo del sureste mexicano, contaron en el templete, cómo estos han sido la causa del asesinato de compañeras y compañeros de esas comunidades. Estos proyectos de muerte implican la desaparición de sus territorios, costumbres, lenguas, y su forma de vida al imponerles dinámicas y roles de espacios urbanizados. Todos estos cambios afectan directamente la organización que las mujeres han construido y las luchas que han ganado. Es por esto que la resistencia de ellas ante los megaproyectos es prioritaria en la defensa del territorio.

Poco después, seis mujeres jóvenes encapuchadas y agarradas de las manos tomaron el micrófono: «no podemos seguir en la normalidad. Si la normalidad nos mata, decidimos detenerlo todo». Desde octubre de 2019, estudiantes de la UNAM tomaron las instalaciones de diferentes facultades y preparatorias. Las compañeras de la Facultad de Filosofía y Letras,  están en paro indefinido desde el 5 de noviembre, y denunciaron a la supuesta «máxima casa de estudios», y cuestionaron el «orgullo universitario». 

Compañeras en paro, trabajando para erradicar la violencia en su universidad. Foto por Regina López.

Las compañeras tenían claro que la justicia no vendrá de una universidad que mantiene una legislación desde hace 80 años, que antes de hacerse responsable, obstaculiza y revictimiza a las mujeres agredidas. La justicia la están construyendo estas mujeres desde la organización y la resistencia: «los espacios que antes significaban odio, ahora son un espacio de amor y lucha, nunca más un espacio sin nosotras».  

Mientras las denuncias continuaban, se organizaron y comenzaron las mesas de diálogo de mujeres universitarias, ciclistas, intersexualidad, mujeres que estuvieron en la cárcel, madres, medios libres, abolicionistas, entre otras. Algunas siguieron en el templete escuchando las denuncias que duraron hasta la noche. En algún momento de la noche terminaron las denuncias y sucedieron varias actividades: proyectaron documentales; debajo del templete las madres de las víctimas por feminicidio hicieron una procesión por la memoria de sus hijas; otras bailaron alrededor de una fogata, y se armó un fandango. 

Domingo 29 de diciembre: «Y el tercer día gritamos de alegría y de fuerza. Porque somos mujeres que sufren. Pero también somos mujeres que se piensan y se organizan. Y, sobre todo, somos mujeres que luchan».

Desde el inicio del día, muchas mujeres ya habían organizado los horarios para sus presentaciones. En el templete principal algunas cantaron y tocaron sus instrumentos, se presentaron standuperas feministas, pequeñas obras de teatro, presentaciones de libros, entre otras cosas. Abajo, en la explanada, ya comenzaban a armarse las retas de fútbol. En los partidos jugaban mujeres de todas las edades. Desde el primer día, las compas zapatistas y mujeres de distintos contextos, extendieron sus puestos en donde mostraban productos, como bordados, carteles, medicina tradicional, dibujos, fanzines, comida, etcétera. Este día tuvimos oportunidad de acercarnos a conocernos desde lo que producimos. 

Después de dos días de compartir y escuchar el dolor y la rabia de todas, con sus distintos matices, fue importante convivir desde el goce y la alegría y aprender que estos son conceptos que potencian la vida, sin los cuáles la resistencia de las mujeres no podría seguir. Siempre será necesario procurar esos momentos de felicidad y cariño para resistir y luchar juntas.

Foto por Regina López.

Algunas de nosotras decidimos acercarnos a quienes sostienen luchas en defensa del territorio, que crean pedagogías para la autodefensa feminista y la vida digna. A todas ellas les hicimos tres preguntas generales: ¿cómo vives las violencias machistas?, ¿cómo reaccionas al miedo corporalmente? y ¿cómo te defiendes? 

Escuchamos a las compañeras y amigas entrevistadas, mujeres guerreras, que ponen el cuerpo a diario para defender sus territorios; mujeres antisistema, sensibles, fuertes y organizadas. Aunque sabíamos que este significativo pedazo de utopía se iba a terminar en unas horas, con estas charlas reafirmamos la idea de que no estamos solas. A cada una de las que entrevistamos le pedimos que diera un mensaje a las mujeres que luchan. Estas son las palabras que nos compartieron:

Después de las actividades artísticas, se clausuró el encuentro. Las milicianas repitieron la formación con la canción «17 años» acompañada de unas palabras de reflexión de las zapatistas desde el templete. Ellas nos despidieron con propuestas para que desde nuestros territorios y de acuerdo a nuestros modos, luchemos contra el capitalismo y el patriarcado,  que en esta ocasión fueron, en sus palabras:

1.- que todas hagamos y conozcamos las propuestas según llegue en nuestro pensamiento sobre el tema de violencia contra las mujeres. O sea propuestas de cómo hacer para parar este grave problema que tenemos como mujeres que somos.

2.- que si cualquier mujer en cualquier parte del mundo, de cualquier edad, de cualquier color pide ayuda porque es atacada con violencia, respondamos a su llamado y busquemos la forma de apoyarla, de protegerla y de defenderla.

3.- que todos los grupos, colectivos y organizaciones de mujeres que luchan que quieran coordinarse para acciones conjuntas nos intercambiemos formas de comunicarnos entre nosotras, sea por teléfono o internet o como sea.

Semillero “Huellas del Caminar de la Comandanta Ramona”. Foto por Regina López.

Por último, como acción conjunta de las mujeres que luchan nos invitaron a usar «un moño negro en señal de dolor y pena por todas las mujeres desaparecidas y asesinadas en todo el mundo», durante las acciones que se realicen el 8 de marzo de 2020.

Reflexiones: «Compañera, escucha, esta es tu lucha»

Poco después de este encuentro, con el objetivo de crear esta crónica, decidimos juntarnos múltiples veces a discutir las reflexiones individuales y colectivas entre nosotras. Nos ha llevado mucho tiempo llegar a estas conclusiones, porque las distintas cosas que sucedieron en ese espacio, las seguimos pensando y analizando en paralelo a los acontecimientos, en su mayoría funestos y desesperanzadores, que suceden cada día en esta ciudad, en este país y en este mundo.

Algo en lo que pensamos, es que las zapatistas se referían la mayoría de veces, a nosotras como ciudadanas. Llegar a ese espacio organizado, autónomo, que han ganado luchando; un territorio rodeado por montañas, libre de la contaminación a la que las ciudades capitalistas nos tienen acostumbradas, nos hace recordar de dónde venimos y cómo nos pudimos situar en ese contexto con los privilegios que tenemos. Fue gracias a ellas que nosotras accedimos a un espacio seguro, que no existe en ningún otro lugar.

Por esta razón, nos parece desconcertante que algunas de las participantes del encuentro se hayan atrevido a fumar marihuana en territorio zapatista, ya que como dijimos anteriormente, la prohibición de alcohol y drogas, es una de las medidas tomadas por las mujeres zapatistas, y desafiarlo pone en peligro la lucha que han mantenido por años y transgrede directamente los logros que han obtenido en cuanto a libertad. Esto nos hace preguntarnos: ¿a qué fuimos?, ¿por qué fuimos?, ¿cómo nos situamos en ese espacio y en ese contexto?, ¿por qué cuando vamos invitadas a casa de alguien más no respetamos las peticiones mínimas de las anfitrionas?, ¿esto pasaría en otro contexto? Quizá las respuestas las encontraremos en el proceso de desmantelar la colonización interiorizada que cargamos. 

Las compañeras zapatistas cuentan que en sus comunidades, desde hace mucho tiempo ya no hay feminicidios. Contrario a esto, tan solo 2 días después del cierre del encuentro, en las primeras horas del 2020, se registró en México el primer feminicidio de esta nueva década. Minerva, fue asesinada en San Luis Potosí. Días después el 20 de enero fue asesinada a balazos Isabel Cabanillas en Ciudad Juárez, Chihuahua. El pasado 9 de febrero, Ingrid Escamilla fue asesinada dentro de su casa, por su esposo. No bastando la crueldad de su asesinato, distintos medios de comunicación publicaron las fotos de su cuerpo desollado para lucrar con él, y como es costumbre en México, surgieron diversas opiniones y comentarios en los que la culpaban a ella misma de su asesinato. Poco antes de terminar este texto, el 16 de febrero se encontró el cuerpo de Fatíma de 7 años, quien había desaparecido el 11 de ese mismo mes, en la alcaldía de Xochimilco, Ciudad de México. Nos abruma y aterra la cantidad de feminicidios que han sucedido en el transcurso de dos meses, y no sabemos cuántos más habrán a la víspera del 8M.

Nuestra vida en este país está en peligro. Juntarnos entre nosotras, compartir lecturas, ir a este encuentro y a muchos otros, a manifestaciones, a concentraciones y a actividades que cada una considera su forma de participación política, nos ha llevado a radicalizarnos. A cuestionarnos la manera en la que nos educaron; en como reaccionamos en distintas situaciones, cómo nos relacionamos con otras mujeres, y qué actitudes machistas, patriarcales y coloniales replicamos.

 Llevamos camino recorrido en la lucha, gracias a los esfuerzos, no solo de las zapatistas, sino, de los distintos grupos de mujeres en distintos territorios y épocas que han luchado por la creación de derechos, leyes y espacios de seguridad para nosotras. Pero la guerra persiste, se reconfigura y es cada vez más cruel, por lo tanto es necesario que sigamos buscando herramientas para estos contextos de violencia. 

Nos tomará tiempo aterrizar y entender las cosas que vivimos, y sobre todo las que sentimos esos días. Pero también nos quedan certezas, como la de saber que en ese territorio, durante ese espacio y tiempo, miles de mujeres de distintas latitudes, agrietamos el sistema, y que eso se puede replicar a cualquier escala, en cualquier lugar del mundo en donde haya mujeres que luchamos. 

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  1. rosalindahidalgo

    Gracias chicas por su crónica, se agradece sus letras e impresiones para quienes no pudimos ir, nosotras que también resistimos y luchamos en otras partes del planeta.

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