Mumia libre: 33 años de injusticia racista

Por Xilonen Pérez y Regina López

 

 Lo acusaron los blancos de matar a un blanco,
lo juzgaron los blancos, lo condenaron los blancos,
lo iban a ejecutar los blancos, lo custodian los blancos.
«L@s condiscípul@s II. Faltan l@s pres@s polític@s», SCI Marcos

Cada unx de lxs asistentes escribiría sobre un pedazo de tela para atarlo sobre su boca. Frases como «quema el poder», «no nos callarán» y «libertad a Mumia», se trazaron sobre las mordazas para, después de expresar algún mensaje solidario, incendiarlas frente a las vallas que protegen la embajada del indefendible gobierno de Estados Unidos, en la Ciudad de México.

Fotografía Xilonen Pérez

Esta actividad se realizó el pasado 9 de diciembre [2014] y fue convocada, como cada año, por Amig@s de Mumia en México para exigir la liberación de Mumia Abu Jamal, quien ese día cumplió 33 años de injusta reclusión –y en contra de la nueva ley mordaza; aprobada en Pensilvania hace casi dos meses para coartar las formas de expresión de las personas privadas de libertad en ese estado.

Se trata de la Ley de Alivio a la Revictimización e implica que la víctima de un crimen, su familia (en caso de asesinato) o incluso la fiscalía, puede solicitar que la persona en prisión, supuestamente responsable, detenga cualquier actividad de divulgación con la que la víctima se sienta afectada de alguna manera; si un juez así lo determina. El proyecto de ley se propuso después de que Mumia participara como orador en la ceremonia de graduación en la universidad Goddard en Vermont –donde obtuvo su licenciatura en 1996 mientras estaba encerrado en el pasillo de la muerte– el pasado 5 de octubre.

Expresar la libertad

Quienes iban llegando al punto de encuentro de la manifestación colgaron mantas y lonas en las vallas metálicas, con diferentes imágenes de Mumia Abu Jamal y consignas por su liberación. Luego, las cuerdas de cuatro jaranas indicaron que la protesta iniciaba.

Otra de las participaciones musicales estuvo a cargo del rap de Fuera de Servicio, con Diidxa y Macandal, cuyas letras cuestionan el sistema establecido que nos deshumaniza cotidianamente y expresan su imaginario de otro mundo posible; además de los raperos PorkoNero y Nya Joer de la comunidad de San Francisco Xochicuautla, quien recordó a los ocho presos políticos del pueblo hermano de San Pedro Tlanixco. Asimismo, tres compañeras improvisaron versos que enfatizan las luchas feministas en México y exigieron también la liberación de las presas políticas en el país.

Por su parte, Eva –compañera del activista Kuykendall, quien fue asesinado durante la protesta del 1º de diciembre de 2012– acompañada por un guitarrista y otra mujer, cantaron en solidaridad con Mumia y sobre la inexistente justicia en México y Estados Unidos.

El motor que amplificaba el sonido de cada nota y palabra emitidas, se impulsaba desde una bicicleta en la que algunxs asistentes se turnaban para pedalear a lo largo de las participaciones.

Durante todo el evento, cuatro mujeres pintaron una imagen de Mumia en una manta sobre el suelo; el diseño se traspasó y ahí también quedó dibujado. El cemento se convirtió en un lienzo para la denuncia, para expresar la libertad a la que aspiramos dentro y fuera de una cárcel, porque el sistema capitalista aprisiona también; las rejas son sólo unas de sus múltiples modalidades de represión y silenciamiento.

Por ejemplo, la criminalización de la protesta durante los primeros dos años de la gestión de Enrique Peña Nieto en México, se ha vivido de manera exacerbada, con detenciones arbitrarias a estudiantes, activistas, integrantes de medios libres y personas inconformes, así como con golpes sin ton ni son por parte de policías, durante las movilizaciones en las calles de la Ciudad de México. Incluso, en los últimos meses se ha implementado un método nuevo –al menos para la generación que lo vive actualmente, pues hasta ahora era sólo un referente histórico–: vigilancia e intentos de secuestro por parte de policías vestidos de civil; represión a domicilio.

No es casual, se trata de violencia sistemática para desmovilizar y amedrentar la disidencia. Como en el caso de Mumia, no es casual que esté preso o que implementen una ley para callarlo aún tras las rejas.

La represión está vigente y se intensifica a cada paso, junto con los agravios que se acumulan en el país. La protesta existe porque el Estado promueve la desigualdad, pero la digna rebeldía la repele con música, baile, gritos en las calles, con la reapropiación de la palabra, el empoderamiento de las herramientas tecnológicas de los poderosos, con organización comunitaria. Esto fue evidente durante el acto en solidaridad con Mumia. Canto, música, palabras libertarias, mantas que gritan justicia y la difusión por todos los medios posibles.

«La nación encarcelada»

En una entrevista con Democracy Now!, Mumia cuestiona «¿qué tan libres somos hoy, para los que afirman no ser prisioneros? […] Podemos hablar de la libertad; Estados Unidos tiene una larga y distinguida trayectoria en discursos sobre la libertad, pero ¿hemos probado la libertad? Creo que la respuesta debe ser muy clara: No».

Mumia es un periodista radiofónico y activista afroamericano que fue integrante del movimiento de las Panteras Negras y simpatiza con la organización MOVE. La justicia estadounidense lo ha intentado silenciar en repetidas ocasiones desde el 9 de diciembre de 1981, cuando fue detenido por matar al oficial de policía Daniel Faulkner, otro policía le disparó en el pecho y fue golpeado brutalmente. Luego, con una condena a pena de muerte, a pesar de que se modificara a cadena perpetua 27 años después de permanecer en el pasillo de la muerte. Y ahora, al intentar prohibir que se difunda su voz de denuncia desde la cárcel.

Las irregularidades de su proceso penal han sido documentadas ampliamente. Mumia no tendría que estar preso, ni siquiera apelando a la supuesta imparcialidad del sistema de justicia, pues nunca se respetaron sus derechos a un debido proceso, además de que se han presentado pruebas inconsistentes e insuficientes para atribuirle la responsabilidad por el homicidio. Se le reivindica como prisionero político dado que los policías involucrados en el caso conocían su militancia y siempre ha sido una persona congruente e incómoda para el poder.

El caso es emblemático para entender cómo se imparte la justicia en Estados Unidos, es decir, con un desbalance abismal. Resulta que los criterios para imputar la culpabilidad de algún crimen no sólo tienen que ver con las pruebas que demuestren que alguien lo hizo, sino con ser joven, vivir en condición de pobreza económica, por la raza, el género, por la preferencia sexual y/o política.

Así lo explica Human Rights Watch en su Informe Mundial 2013: «hace mucho tiempo que las minorías raciales y étnicas tienen una presencia desproporcionada en el sistema de justicia penal de Estados Unidos. Aunque sólo constituyen el 13 por ciento de la población estadounidense, los afroamericanos representan el 28.4 por ciento de todos los arrestos. Según la Oficina de Estadísticas Judiciales, aproximadamente el 3.1 por ciento de los hombres afroamericanos, 1.3 por ciento de los hombres latinos y 0.5 por ciento de los hombres blancos están en prisión».

El asesinato del joven afroamericano Michael Brown, el pasado 9 de agosto, por parte del policía blanco Darren Wilson en Ferguson, Missouri, es otro suceso representativo donde el racismo es evidente. El Gran Jurado convocado por la fiscalía local para resolver el caso absolvió a Wilson, pues aunque su responsabilidad es innegable, su actuación es justificada ya que, según él, Brown hizo un movimiento con el que parecía que lo atacaría; sin embargo, el joven Brown estaba desarmado.

De acuerdo con el fiscal, las declaraciones que aseguran que Michael Brown se rendía ante el policía cuando éste le disparó dos balazos en la cabeza, se contradecían, por lo que fueron desestimadas inmediatamente. Sin embargo, a pesar de las inconsistencias que «prueban» que Mumia mató a Faulkner en 1981, el comprometido periodista lleva 33 años en la cárcel.

La justicia occidental es una justicia mercenaria, racista, misógina, clasista. Este modelo también se implementa en México ya que no todxs estamos contemplados en la noción hegemónica de libertad y justicia. La lista es larga, pero algunos ejemplos recientes lo demuestran claramente: Yakiri, una joven de la Ciudad de México, estuvo presa por actuar en defensa propia frente a una violación (y posible intento de feminicidio), del incidente resultó muerto uno de los dos hermanos que la secuestraron para abusar sexualmente de ella. Esto, mientras la mayoría de los feminicidios permanecen en la impunidad.

Otro caso emblemático fue cuando Enrique Peña Nieto reprimió brutalmente a las y los opositores del proyecto aeropuertario en Atenco. Existen, además, innumerables casos de personas indígenas en prisión, encarceladas bajo acusaciones infundadas, sin que hayan tenido siquiera intérpretes para llevar su proceso.

Entonces, ¿qué podemos esperar de una justicia administrada por los mismos responsables de tantas violaciones a los derechos, sea por acción, omisión o complicidad? Los familiares de los 43 estudiantes desaparecidos de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa han dicho varias veces «ya no tenemos nada que perder». La búsqueda de justicia no puede recaer en peticiones a quienes son responsables de una larga lista de agravios que se siguen acumulando.

«Ellos nos siguen diciendo lo que es malo y lo que es bueno, pero nosotros ya no nos tragamos ese cuento», subrayó uno de los manifestantes quien compartió un spokenword en el mitin en solidaridad con Mumia, al quitarse su mordaza para incendiarla en el suelo.

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