Cruzando fronteras en territorio templario

Por Simón Sedillo
[Fotografía de portada: Juan José Estrada Serafín. La negociación de Tepalcatepec, 27 de enero, 2014].

Atrás queda una municipalidad de Michoacán que los medios masivos equivocan al ubicar en Tierra Caliente, y que en realidad se encuentra en la Sierra Madre Sur Occidental. Nos avisan que hay una negociación entre el gobierno federal y estatal, y los grupos de autodefensa. Tomamos rumbo a Tepalcatepec, donde la reunión tendrá lugar. La escena es surreal, pero esto ya no nos sorprende porque todo en Michoacán es surreal en estos días.

¿Por qué firmar con criminales de cuello blanco?

En lo que parece un viejo granero, sillas y mesas con manteles blancos son acomodadas en un largo rectángulo. Los medios de comunicación comienzan a extender cables y poner grandes focos. A un costado y a cierta distancia del gran techo de lámina, vemos un gran número de miembros de los grupos de autodefensas o comunitarios, que desarmados se reúnen bajo la sombra de un mesquite. Pese al discurso oficial difundido a través de los medios masivos de tachar a los grupos de autodefensa como milicias fuera de control, en esta parte del estado el pueblo les dice comunitarios y no autodefensas, para aclarar su relación con la comunidad. Ellos son de la comunidad entonces son comunitarios.

Los comunitarios cuelgan dos hamacas sabiendo que estas reuniones nunca empiezan cuando se supone. A pesar del gran despliegue de la policía federal en el lugar, no hay tensión en el aire. Varios policías federales han perdido la vida en la lucha contra los Caballeros Templarios y pareciera que ha surgido un sentimiento de compadrazgo entre los efectivos, más allá de las jerarquías y los intentos de cooptar al movimiento, quienes van al campo de batalla comparten sus muertos.

Ambas partes saben que se están usando mutuamente para lograr diferentes objetivos. Los comunitarios quieren ver sus comunidades libres del crimen organizado y los federales quieren demostrar que están del lado correcto en esta confusa guerra contra los Templarios, un cártel que más parece un culto religioso que una mafia de crimen organizado. Algunos comunitarios están esperanzados que esta legalización los proteja de una futura persecución del gobierno, sin embargo la opinión generalizada es que cuando los templarios sean extintos, el gobierno federal criminalizará, perseguirá y encarcelará a los comunitarios.

Cuando llegamos notamos una gran mamapara, que tras la larga mesa de la reunión exhibía los diversos logos de gobierno. En cierto sentido hay un aire de esperanza entre los comunitarios, aunque todavía existe mucha desconfianza con las autoridades a quienes se les acusa de, en el mejor de los casos, hacerse los ciegos ante la realidad de estas comunidades abatidas por la guerra, y en el peor de los casos de complicidad con el cártel. Poco después nos percatamos que un oficial del gobierno quita la llamativa mampara. Un comunitario nos dice, “qué bueno, esto no es su reunión, es de nosotros. Se sienten obligados por nuestras acciones y nuestros resultados”.

Varias suburbans blancas entran en el recinto, escoltadas por la policía federal en vehículos militares; el gobernador Fausto Vallejo, un emisario de la policía federal en la región y el comisionado federal para el desarrollo y seguridad íntegra de Michoacán, Alfredo Castillo, son los culpables del ostentoso despliegue. La preocupación por su seguridad ilustra el miedo al verse obligados a viajar a través de esta zona de guerra. Apenas el gobernador pone un pie fuera del vehículo, los medios comerciales se abalanzan sobre él para obtener el mejor ángulo de esta histórica reunión, de la cual se espera que emane una tregua entre las fuerzas públicas y los comunitarios. Poco a poco los abucheos hacia el gobernador se hacen notar entre la gente, entre ellos una joven mujer lleva una pancarta cuestionando las intenciones del gobierno, y vocifera una opinión muy fuerte sobre la reunión. La respaldan varios comunitarios.

mujer-reclama-en-tepalcatepec

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Durante la reunión se le obligó a los funcionarios de gobierno a reconocer la ineficacia de su estrategia en la guerra contra el narco. En la región destacó su inhabilidad para identificar miembros del cártel que se encuentran inmersos en el tejido social de todo el estado. Son los comunitarios quienes saben precisamente quiénes están involucrados, dónde se esconden, porque son ellos y sus familias los que han sufrido los abusos del cártel durante varios años. En esta lógica al gobierno no lo quedó más que aceptar que es imposible acabar con los Caballeros Templarios sin la ayuda de los comunitarios. Son ellos los que tienen la ventaja en la negociación.

La propuesta es legalizar y formalizar a los comunitarios dentro del marco de la ley. Se escuchan murmullos y reclamos entre la gente, se desconfía de una autoridad considerada corrupta y cómplice del crimen organizado. Cada intervención del gobernador es seguida de insultos y reclamos. Cuando la moderadora anuncia la presencia del general responsable de la zona de Apatzingán –una ciudad todavía bajo control templario– una oleada de insultos, abucheos, y chiflidos se abate sobre la asamblea. Puede que haya una relación de amor/odio con los federales de la región, pero la relación con el ejército es de puro odio.

Cada una de las personas con las que hablamos aclaró que al ejército se le ha comprobado una y otra vez su profundo vínculo con el crimen organizado. Algunos mencionaron que una semana antes de la reunión, en un intento por desarmar a los comunitarios en Antúnez, los militares dispararon sus armas contra civiles desarmados que manifestaban su inconformidad ante el intento de desarme. Los soldados asesinaron a cuatro civiles, incluyendo a una niña de 11 años.

El acuerdo entre funcionarios del gobierno y algunos representantes comunitarios incluye la legalización de las autodefensas, es decir el registro de sus armas y de sus miembros ante la Secretaría de la Defensa Nacional. Esta acción resulta una contradicción respecto a la estrategia empleada por el ejército hace una semana, lo cual inquieta a varios de los comunitarios. El miedo es que el padrón pasado a monas del gobierno se utilice para perseguir y encarcelar a los miembros del las autodefensas después de que Los Caballeros Templarios hayan sido aprendidos, como se comprometieron los representantes del Estado.

Otro miedo entre los presentes es que el acuerdo sea puro teatro, un acto del gobierno federal para ganar tiempo mientras toma control de la situación. Otra vez los abucheos resuenan entre los techos de lámina. Dos señoras de la tercera edad originarias de Apatzingán me comentan: “¿Por qué estamos firmando ahora? ¿Por qué vamos a trabajar con el gobierno cuando hemos comprobado que no los necesitamos para organizarnos y defendernos nosotros mismos? ¿Por qué firmar con criminales de cuello blanco?”. Un guardia comunitario me cuenta que ha visto una coordinación “decente” por parte de los federales y una muy mala coordinación por parte del ejército. Agrega: “Estamos tratando de demostrar que queremos agotar todas las vías legitimas para defender nuestras comunidades y a nosotros mismos. Hay muy poca confianza en los funcionarios del gobierno y la verdad sabemos que no nos van a cumplir. Si cumplen o no, nosotros seguiremos tal cual como le hemos hecho, tomando el control de nuestra propia seguridad”.

Media vuelta: reteniendo el aliento

Durante la reunión nos llega el aviso de que comunitarios están avanzando hacia Peribán. Decidimos movernos en esa dirección para ver lo que sucede. Diez kilómetros antes de llegar al destino nos topamos con un pequeño retén comunitario. Están en alerta por lo que denominan “el efecto cucaracha”: mientras avanzan en una comunidad, los templarios corren como cucarachas a los localidades vecinas. Hablamos con uno de los comunitarios en el retén y le preguntamos sobre su opinión acerca del acuerdo con el gobierno. Repite el sentir general: “Ellos (el gobierno) nos están usando para verse bien, pero lo que verdaderamente quieren es una lista de nombres para que en el momento que quieran nos vengan a desarmar y detener después de que hagamos su chamba”.

Un comunitario

AK-47, un comunitario al acecho

Llegamos a la plaza principal de Peribán, repleta de gente y vigilada por un pequeño grupo de militares y federales. Se ven pocos comunitarios, la mayoría carga con pistolas paseándose por la plaza. Por la emoción de la gente, pareciera fiesta de pueblo. Es el primer suspiro de alivio en mucho tiempo. Entre los presentes corre la voz de que los comunitarios avanzarán ahora hacia Los Reyes, a sólo diez kilómetros de aquí.

Tres camionetas llenas de hombres con rifles de cacería, escopetas y armas de asalto se nos cruzan cuando tomamos la salida de Peribán.  Decidimos seguirlos hasta el límite de la ciudad, donde se reúnen con muchos más hombres que se trasladan en distintos tipos de vehículos.  Aquí conocemos a un comunitario que ha ganado algo de fama en los medios de comunicación, Simón, mejor conocido como el americano. Él nos informa que el avance se pospone hasta el próximo día. Posteriormente, algunos reportes confirmarán que la toma de Los Reyes fue pacífica y con ambiente festivo.

Los comunitarios tienen pensado seguir su camino hacia Uruápan, ciudad controlada por los templarios.

Uruapan es nuestro próximo destino, debemos dejar a unos colegas que regresan a casa después de una semana difícil pero inspiradora. En el camino de regreso hacia la comunidad donde nos estamos quedando, y temiendo el “efecto cucaracha”, decidimos tomar una ruta más transitada que habíamos recorrido anteriormente, para evitar la zona de conflicto. Seguimos los señalamientos de la carretera rumbo a Apatzingán, ciudad que técnicamente continúa bajo el mando templario, aunque ya se encuentra rodeada por los comunitarios, quienes esperan el momento oportuno para liberarla.

Como a una hora de Uruapan, pasando el kilometro 110, se nos presenta una escena demasiado común en territorio templario: un trailer parado en nuestro carril y otro más adelante estacionado en el carril del sentido contrario. Hay suficiente espacio entre ellos para rebasar al primero. Nos detenemos a unos 50 metros y observamos. Los trailers están frente una gasolinera donde se encuentran varias camionetas que no están cargando combustible; están alineadas como para emprender una huida rápida. No hay latas de fuego ni conos anaranjados en el camino, como se acostumbra en un retén militar, policíaco o de los mismos comunitarios. Después de sumar los detalles, asumimos que esto era un narco-bloqueo, una estrategia utilizada por los templarios para secuestrar, extorsionar y robar negocios e individuos.

Acto seguido, meto reversa para dar una vuelta en U y regresar a un comedor de 24 horas que habíamos visto unos kilómetros atrás. Mientras nos estacionamos llegan dos trailers. Se estacionan uno al lado del otro. Imaginamos que les llegó una advertencia sobre el narco-bloqueo y se detuvieron antes de que fuera demasiado tarde pero no intercambiamos palabra. Nadie sabe quién podría ser templario. Pedimos unos cafés, ellos lo mismo. Mis colegas y yo ya habíamos acordado esperar una media hora para volver a intentar pasar. Si seguía bloqueado el camino nos regresaríamos a Uruapan donde pagaríamos una noche de hotel.

Al pagar la cuenta la muchacha que nos atiende dice: “Que dios les cuide su camino”. Estoy casi seguro que todos sabíamos del riesgo que acechaba en el camino. Otra vez, sin decir una sola palabra los traileros y nosotros salimos a la vez. Los seguimos lentamente y cuando nos aproximamos a la gasolinera de 24 horas, todas las luces estaban apagadas, nadie a la vista.

Los templarios son conocidos por abatir negocios, robar a los empleados y secuestrar civiles. Pensamos que fue lo que ocurrió aquí esta noche. Seguimos nuestro camino hacia la comunidad de Lombardía y en el kilómetro 115 nos encontramos con un retén; éste sí parece oficial: tiene latas de fuego y conos anaranjados. Avanzamos, pero al acercarnos nos percatamos de que los reductores de velocidad son de tierra y son nuevos, normalmente éstos se hacen de trozos de llanta. Pocos vehículos han pasado por aquí. Empezamos a evaluar la escena, no hay ni federales ni militares. No vemos ningún logo de dependencias del gobierno. El retén tiene todas las señas de un retén comunitario, nada más que tenemos la certeza de que los comunitarios todavía no han llegado hasta acá. Éste es un retén templario y ya es demasiado tarde para dar vuelta en U.

Se ven varios hombres escondidos detrás de bultos de arena y un individuo nos marca el alto con una linterna. Bajamos la ventana del pasajero y de inmediato le muestro mi credencial de prensa internacional. Nos da el paso sin mediar pregunta alguna. Pasamos el retén y a un kilómetro nos topamos con un pequeño contingente militar a la orilla de la carretera. No detienen a nadie, nada más están ahí. Su presencia no nos hace sentir más seguros. Continuamos nuestro camino hacia Apatzinán, sólo se ven taxis –reconocidos informantes de los templarios– que patrullan el lugar. Nos pasamos varios altos frenando lentamente para guardar la distancia entre ellos y nosotros. Nuestra meta por el momento es el retén comunitario de Buenavista, que abre el camino a varios municipios liberados, entre ellos Tepalcatepec, nuestro punto de partida a unas tres horas de distancia.

Comunitarios: armamento pesado. Foto: Juan José Estrada Serafín

Pronto vemos latas de fuego y conos anaranjados. Ahora sí sabemos que se trata de los comunitarios. Cruzar esta frontera ha sido el mayor alivio que he sentido en mi vida. Le informamos a los comunitarios de la situación y ellos comunican por sus radios para que se evite el área de Lombardía. Confirman nuestra sospecha de que se trataba de un narco-bloqueo y de que fuimos muy afortunados en haberlo evitado. Llaman por sus radios para avisar de nuestro paso. Mientras avanzamos en territorio liberado nos damos cuenta de que, pese al incendio mediático, estamos en unos de los lugares más seguros del país, en territorio comunitario.

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