Paola Quiñones: migrante hondureña y defensora de sus compañeras

Por Martha Pskowski

Este miercoles 22 de octubre, Paola hablará en el Segundo Simposio Internacional Feminización de las migraciones en la UNAM

Conocí a Paola Quiñones en marzo de este año, 2014, a su paso por el Albergue Hermanos en el Camino en Ixtepec, Oaxaca, mientras resolvía su estatus legal en México, esperando seguir su camino hacia Estados Unidos.

Siete meses después, Ixtepec nos vuelve a reunir y conversamos nuevamente. En estos meses, Paola se ha convertido en una aguerrida defensora de migrantes centroamericanos en México. Ella forma parte de un grupo de personas migrantes en este país, quienes toman la lucha por la dignidad y el libre tránsito de todas y todos desde la experiencia vivida.

Dejando a un lado las necesidades personales que la impulsaron a salir de su país, Paola ahora se dedica a las necesidades colectivas de las mujeres migrantes. «No hablo por Paola, hablo por todas, por las que tienen miedo, que no tienen acceso a medios», afirma.

Sale de Honduras para construir un castillo

Paola tenía 20 años cuando salió de Honduras, en febrero de este año. Sus motivos coinciden con muchos de los que se ven obligados de salir de sus países de origen a trabajar en otro lado: falta de empleo e inseguridad, necesidades económicas de la familia, desesperación por el futuro de sus países.

Ella estuvo en Tegucigalpa en 2009, cuando Honduras vivió un golpe de Estado y Manuel Zelaya, del partido progresista LIBRE fue derrocado. Paola había percibido cambios positivos en el país durante su mandato. Luego, «al ver las injusticias que cometían los políticos en el poder durante el golpe de Estado, comencé a ir a marchas y a las reuniones», nos cuenta y esa no fue la primera vez en salir a la calle. «Siempre me gustaba, cuando no nos dieron el bono estudiantil, fuimos a fuera de la casa presidencial», menciona.

Después de ese conflicto, fue testiga del deterioro social y político que resultaron del golpe. En noviembre de 2013, el Partido Nacionalista ganó otros cuatro años en la presidencia, fue una elección marcada por el fraude. Dice que ahora manifestarse en Honduras tiene grandes riesgos y afirma que «la voz de uno no se escucha ahí».

Paola tiene una hija que va a cumplir cuatro años y sus papás la cuidan en Honduras. No podía trabajar en Tegucigalpa por la inseguridad y quería apoyar más a su familia. Entonces, la desesperación sobre su futuro en Honduras la llevó hacia el norte. «No me imaginaba subir al tren. Pero soy una persona que si me meten algo en la cabeza, nadie me saca de eso». Así tomó la decisión irse a Estados Unidos. «Lo más difícil fue despedirme de mi hija. Siempre me decía “Mami, quiero mi castillo”  y le decía “te voy a hacer tu castillo”».

Como cruzar México y sobrevivir el intento

Viajando con un primo, Paola entró a México por Tapachula. Pero en un camión saliendo Arriaga, Chiapas, Migración les detuvo y fueron deportados. Pasaron dos días en la frontera antes de intentar otra vez. Cruzaron por La Ceiba, una ruta más alejada y menos transitada por los autoridades, por donde tuvieron que caminar dos días en la selva antes de llegar a Tenosique, Tabasco. Ella comenzó a percibir la vulnerabilidad de las mujeres migrantes cuando otros los veían y le decían a su primo «cuida a la muchacha». Sintió el miedo de sufrir una violación.

Se quedaron en La 72, el albergue en Tenosique de donde sale La Bestia, rumbo a Palenque. Paola recuerda cuando subió al tren «me puse a llorar, lo vi grandísimo». Lograron llegar a Palenque y después a Tuxtla Guitérrez, en Chiapas. Ahí, tres policías municipales bajaron a Paola, su primo y dos otros migrantes de un autobús. Les robaron sus pertinencias y dinero, además de que amenazaron con llevarlos a Migración. Sin dinero para seguir en el camino, lograron llegar a Arriaga.

En Arriaga, su primo la dejó y ella tuvo que buscar la ayuda de otros migrantes para llegar a Ixtepec, al albergue donde nos conocimos.

Ixtepec, Oaxaca: donde el camino se da otra vuelta

Llegando a Ixtepec, los coordinadores del albergue explicaron la posibilidad de tramitar una visa en México. De acuerdo con la Ley de Migración de 2011, los migrantes que son víctimas o testigos de delitos en México pueden recibir una visa humanitaria. En el vacío de atención del Estado, el albergue apoya a las personas migrantes en este proceso legal. También le ofrecieron la oportunidad de cocinar en su comedor. Decidió quedarse para hacer el trámite y asegurar un viaje más seguro hacia el norte.

Se integró a la vida cotidiana del albergue y se hizo amiga de muchos otros migrantes y voluntarios. «Yo cumplí 21 años aquí en el albergue. Fue bien bonito porque me hicieron una sorpresa», relata Paola.

La Caravana de Diálogo fue un esfuerzo del equipo del albergue Hermanos en el Camino junto con otros activistas y defensores de derechos humanos. Después de la caravana, conocida como el Viacrucis Migrante –que salió de Tenosique en abril y llegó hasta el norte de México– volvieron a organizarse, pero en Ixtepec. Las caravanas surgieron por la creciente violencia en la ruta, en particular por el trayecto sobre «La Bestia». Muchos migrantes habían quedado varados en los albergues y otros puntos del camino, entre el miedo de regresar a sus países y el terror de encontrar el crimen organizado en las vías.

Paola decidió sumarse a la caravana que partió de Ixtepec el 1º de junio con aproximadamente 60 migrantes, varios defensores y periodistas. «Cuando fui en la caravana, me empecé a rebelar. Hablé en público por primera vez en Juchitán», refiere su primer acto público durante la movilización. Así, Paola asumió un papel importante como vocera de las mujeres mientras se dirigían hacia la Ciudad de México.

Cuando la Caravana logró llegar a la capital, se reunieron con varias organizaciones no gubernamentales de derechos humanos, representantes de la iglesia y el gobierno. «No sé quien me puso de vocera», confiesa, pero adoptó el papel con fuerza, hablando también en Acayucan y en varias reuniones, incluso en el Senado.

Mientras que asistían a las reuniones, los migrantes tenían que resolver que harían después. Paola tenía su trámite en Ixtepec pero decidió seguir hasta la frontera.

Fotografía: Martha Pskowski

Fotografía: Martha Pskowski

«Tienes que llamar a alguien que te saque de aquí»: el negocio del secuestro

Viví casi dos semanas preguntándome cada día si Paola estaba viva. Óscar Martínez, autor del indispensable libro sobre la migración en México, Los migrantes que no importan, dice que la palabra «secuestro» ha perdido sentido en México; pero en junio de este año para mi la palabra recuperó todo su sentido.

Al salir de la capital, Paola iba con Jorge, de 23 años, otro miembro de la caravana proveniente de Honduras. Llegaron hasta Reynosa, Tamaulipas, la cuidad fronteriza por donde pretendían cruzar a Texas. Pero el 11 de junio, al salir de la ciudad el autobús en el que iban fue detenido por unos hombres armados, quienes identificaron a Paola y Jorge como centroamericanos. «Nos dijeron “¡bajense!” y nos llevaron en taxi a una casa».

Ahí les dijeron «tienes que llamar a alguien que te saque de aquí», exigían dos mil dólares por cada uno. Era una casa de seguridad, llena de otros migrantes centroamericanos, todos secuestrados por el crimen organizado. Había «mujeres, niños, familias… cuánta cantidad de criaturas», recuerda Paola.

No fue hasta tres días después que pudieron hacer llamadas. Primero hablaron con la madre de Jorge, quien había participado en la Caravana y permanecía en DF. Luego pudieron comunicarse con organizadores de la Caravana y del albergue en Ixtepec, incluso con el coordinador Alberto Donis Rodríguez –guatemalteco que también experimentó la migración a los Estados Unidos– y el Padre Alejandro Solalinde. El equipo de Ixtepec ha llevado a cabo varias investigaciones en el sur de país para rescatar migrantes secuestrados o identificar miembros del crimen organizado que abusan los migrantes.

Paola y Jorge no podían brindar mucha información en sus llamadas; posiblemente los secuestradores escuchaban la línea. Pero Donis Rodríguez y otros defensores presionaron a la Procuraduría General de la República (PGR) en Reynosa para investigar el caso. Así, el 23 de junio un operativo policial liberó a 114 migrantes de dos casas de seguridad en Reynosa, Paola y Jorge entre ellos. «El día que nos sacaron de ahí no lo creí».

Miles de centroamericanos son secuestrados cada año en su paso por México pero la presión política de varias organizaciones logró encontrar a las víctimas en este caso. Pero su saga aún no terminaría. Lamentablemente, el Estado mexicano trata a los migrantes que han sido secuestrados en México como criminales. Utilizan el eufemismo de «rescate» pero luego los vuelven a encerrar en los llamados «centros migratorios» que no son otra cosa que cárceles.

Paola cuenta que después de ir a la PGR en Reynosa fueron trasladados a la sede en la capital, donde durmieron. De ahí, los levaron al centro de detención del Instituto Nacional de Migración (INM) en Iztapalapa. Su encierro no terminaba aún: «fue lo mismo, solo cambió la gente que nos tenía… es secuestro dos veces porque Migración es una cárcel». Aunque Paola explicaba a los funcionarios que tenía una trámite de visa pendiente, permaneció detenida en una celda con varias mujeres.

La Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF) daba seguimiento a su caso y después de cinco días en Iztapalapa, Paola pudo salir. «Cuando me tocó salir me sentí mal porque las demás quedaron. Pasamos por lo mismo y solo salí yo». Durante los dos encierros, Paola rezaba «Señor, si me sacas de aquí me prometo luchar».

Defensores reponden a la nueva realidad migratoria

Cuando hablamos en la biblioteca del albergue, Paola parece segura, habla con convicción. Está contenta de estar en Ixtepec. «Este albergue lo quiero como mi segundo hogar. Cuando salgo, siempre salgo llorando».

Desde que salió de la detención, no ha parado de incidir en el tema de migración. Participa en protestas, da entrevistas y ponencias; viaja de un lugar a otro, donde hay necesidad. Es un momento crítico dada la creciente militarización en la región sur.

Las rutas migratorias en el sur de México están cambiando debido al aumento de presencia militar y de agentes de Migración, por el llamado Plan Frontera Sur que recibirá 86 millones de dólares de los Estados Unidos, a través de la Iniciativa Mérida.

Aunque se refiere a «la seguridad de los migrantes», el Plan los ha puesto en mayor riesgo porque tienen que buscar caminos nuevos donde están expuestos al crimen organizado. Incluso, los defensores y compañeros de Paola, quienes documentan las violaciones de Migración en ese contexto, han sido agredidos por sus agentes.

Cuando la primera dama de Honduras visitó México en agosto por el tema de los niños migrantes, Paola fue una de las que la recibió en una reunión, junto con el Padre Solalinde. Contó su historia, haciendo enfasis en el número de connacionales que estaban secuestrados con ella, y describió su tiempo en México como «el calvario más horrible» que le ha tocado.

Una de las acciones en las que ella ha participado fue en el ayuno y oración por los niños migrantes. Varias organizaciones de la sociedad civil colaboraron en la acción que duró una semana. Enfrente de las instalaciones del Instituto Nacional de Migración en Polanco, DF, llamaron para una solución integral entre Estados Unidos, México y los países de Centroamérica sobre la problemática de la niñez migrante.

Paolo dudaba si podría aguantar varios días en ayuno pero decidió participar porque no había ni una mujer y dijo «una mujer tiene que estar presente… No es igual si un hombre habla por una mujer».

Lamentablemente, Estados Unidos y México atendieron «la crisis» de los niños migrantes con militarización del Plan Frontera Sur. Paola y otros defensores están reaccionando a esta nueva realidad de la movilidad en el sur. Han abierto un nuevo albergue en Chahuites, Oaxaca, un pueblo a unas dos horas al este de Ixtepec, en el Istmo de Tehuantepec. El punto donde antes subían en Arriaga, Chiapas, ahora está rodeado de un enjambre de agentes de Migración y ya no se atreven subir a «La Bestia». Los migrantes ahora siguen, caminando o en combis, hasta Chahuites. Mientras, los maras los esperan en los senderos aislados que cruzan de Chiapas a Oaxaca.

Paola está colaborando ahí en Chahuites. Por los riesgos que corren en el camino, muchos de los migrantes, tal vez la mayoría, llegan golpeados o sin sus cosas. El proyecto está empezando, las instalaciones son básicas. Pero lo que falta en recursos sobra en cariño.

Paola se preocupa por las mujeres que llegan. Dice a Subversiones «siento los delitos, me duele como si me lo han hecho a mí». Por sus propias experiencias, ella les puede ofrecer algo más que empatía o caridad: compañerismo.

¿Y el castillo?

Hablando con Paola se percibe un cambio en sus metas y desafíos personales. Los motivos económicos que la impulsaron a salir de Honduras están presentes, pero reconoce una necesidad urgente de enfrentar los abusos de los migrantes, sobre todo las migrantes. No ha ganado el dinero que podría ganar en Estados Unidos, pero ha aprendido que el precio de llegar a ese país, en términos económicos, emocionales y físicos, es muy caro. Dice que salió del secuestro con «un trauma tremendo», pero que todo que ha vivido «te hace luchar».

Observa que las mujeres migrantes vienen con muchos traumas y estrés y el trabajo colectivo no es fácil. Pero las mujeres tienen que organizarse y defenderse, Paola intenta tratar a cada una con respeto y amor. «No quiero sentirme más o menos que mis compañeras. Si otro no sabe… ¡enséñale!»

Sí va a construir el castillo de su hija, pero no se trata sólo de dólares de los United States. «Su castillo también es ir al kinder y tener una buena educación. Eso es el castillo».

Sus familiares en Honduras están orgullosos del trabajo que está haciendo en México. Paola reflexiona «¿de qué sirve llenarlos de dinero si no hay amor? Necesitan amor también». Es obvio, hablando con Paola en Ixtepec, que hace su trabajo con mucho amor y que ese amor llegará hasta Honduras, Estados Unidos y a todos los rincones donde las mujeres sufren por su condición de ser migrantes.

Cuando llega el momento en que pueda ver a su hija ya sabe lo que va a decir. «”Hija, tu tienes esto porque a tu mamá le costó”. Quiero darle esto a mi hija… que su mamá lucha».

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