11 mil personas han sido asesinadas a manos de policías pacificadores en Río de Janeiro durante el periodo de 2008 a 2012. Pese a la descarada masacre, el discurso para justificar la existencia de víctimas inocentes llega al extremo de hablar de «víctimas por bala perdida». Pero no existen municiones mortales flotando en el aire, lo que ocurre es parte de una política genocida del Estado brasileño que incluye la criminalización y el exterminio de la pobreza; un país que detesta la igualdad en la sociedad y sólo ofrece a la juventud marginalizada la prisión o el cementerio antes que oportunidades para tejer una salida de aquella opresión abrumadora en las comunidades ocupadas por la violencia policiaca.