Día de plaza. Noche roja

Por Lorena Cruz

Lunes 24 de diciembre de 2012.

1.

Ataviados con ropa color rosa mexicano y con regalo en mano, los invitados observan la escena. A la izquierda, los músicos aguardan: la tuba, el tambor, la trompeta, el sax y la tarola acompañan en silencio a la novia. Ella, en medio de la algarabía está de pie en el centro y parece que no quiere observar. Se voltea. Mientras tanto, un ave extraña se eleva por el cielo llevándose a un hombre.

─Es el novio— me dice Antonio, quien, aún no lo sabe, pero, más tarde, será uno de los ganadores de la tradicional Noche de Rábanos en la Ciudad de Oaxaca.

Fotografía de Lorena Cruz

La entrega, nombre de esta obra, representa una boda rural. Pero este discurso escultórico a base de rábanos va más allá: al mismo tiempo que funciona para concursar, reivindica, muy a propósito del Día Internacional del Migrante  —apenas conmemorado el pasado 18 de diciembre— el papel de las mujeres en las comunidades oaxaqueñas y el vuelo que emprenden muchos en busca del Amerian Way of life.

2.

Hoy es 23 de diciembre. Hacía muchos años, quizá desde que era una niña, ella no asistía a la Plaza de Armas en esa fecha. Había olvidado ese color rosa penetrante y su vaivén por todas las tonalidades; ese sol distinto, que brilla y quema sin importarle si es junio o diciembre; los ojos verdes y azules de los extranjeros mirando impacientes, quisquillosos, como buscando algo y a la vez sorprendidos por cualquier cosa; había olvidado también las interminables filas, a modo de serpiente Cuculcán, para poder acceder a la exposición.

Después de una hora y media y de lentos avances, ella comienza a recordar lo que la cultura de su terruño es capaz de engendrar. Las obras elaboradas con rábanos, exhibidas en los más de 100 stands colocados alrededor de la plaza, bien pueden, en su conjunto, ser una síntesis táctil y visual de la historia y vida de Oaxaca.

Entre rábano y rábano comulgan los trajes típicos de las regiones del estado; representaciones de fiestas tradicionales como las comparsas, los bailables de la Guelaguetza y los jaripeos; episodios de culto hacia la Virgen de la Soledad o la Virgen de Guadalupe; paisajes naturales como el de la playa de Mazunte y sus tortugas; monumentos emblemáticos de la ciudad como la Fuente de las ocho regiones, la Catedral y el ex convento de Santo Domingo; así como figuras de la pintura nacionales, personajes de la literatura universal y escenas de la vida cotidiana.

Un barandal es el encargado de marcar la división entre los artistas, quienes, en cada oportunidad, se ocultan del sol, consumen algún producto alimenticio o simplemente rocían sus figuras con agua para que conserven su color rojo brillante (no entiendo esa ‘y’) entre los espectadores que hacen el recorrido. La caminata por todo el cuadro del Zócalo de la Ciudad, por su parte, va acompañado por el clásico “aváncele, aváncele” entonado por los policías cada vez que un fotógrafo distraído, un turista con la boca abierta o un local pasado de listo interrumpe el flujo normal de las personas.

Hoy, después de muchos años, las autoridades han abierto el Zócalo más temprano de lo normal y ella aprovecha la luz del día para observar mejor cada una de las piezas exhibidas. Sin embargo, en esta no tan nocturna Noche de Rábanos el sol empieza a hacer una tregua con los asistentes.

3.

Doña Sara, con su tema Día de Plaza, ejemplifica a través de los rábanos y un montaje muy particular cómo inició la tradición de esta noche.

Fotografía de Lorena Cruz

La narrativa de aquella escena, muy al estilo de cualquier cuadro impresionista, captura la esencia de la cotidianidad del Oaxaca de hoy y de antaño: en medio un kiosco atiborrado de gente. Venta de alcatraces. Marchantes caminando en busca de los mejores precios. Ofertas por todos lados: “Flores a $15”, “Naranjas: oferta 2×1”, “Todo al mayoreo”. Pan de yema. Piña. Col. Manzanas acarameladas y, obviamente, un puesto de rábanos frescos.

El actual Zócalo, antes mejor conocido como Plaza de Armas, era escenario de un mercado de legumbres en la Verde Antequera colonial. Hortelanos de todas partes del estado hacían acto de presencia a fin de ofertar sus productos hasta que, en 1897, el presidente municipal del estado tuvo la idea de elaborar un concurso entre los agricultores a propósito de la venta de rábano. Entonces, la prensa colonial comenzó a llamar a este lugar, ‘Plaza de los rábanos’.

4.

Pero no sólo hay rábanos. En medio de un paisaje aturdido en color rosa, la mesura del marfil se presume imponente. Atrás se encuentra la Catedral de la Ciudad, mientras tanto, aquí,  se halla una reproducción a escala elaborada con Totomoxtle. El autor de esta obra se ha inspirado en una pintura del paisajista mexicano José María Velasco y el detalle, que tardó en elaborarse alrededor de ocho meses, cosechará su fruto obteniendo el primer lugar en la categoría de ‘Totomoxtle decorado’

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Este concurso, con historia desde hace 115 años, además de obras presentadas a base de rábanos,  también premia los tres mejores montajes escultóricos elaborados con Totomoxtle y Flor inmortal. En cuanto a los rábanos, existen tres categorías: ‘Rábano tradicional’, ‘Rábano libre’ e ‘infantil y este año se presentaron 41 obras en la primera categoría, 22 en la segunda, 17 de Totomoxtle decorado, 12 de Totomoxtle natural y ocho de flor inmortal.

5.

Cuando la noche por fin cae, ella se despide. Mientras camina, observa a su alrededor: la fila de quienes intentan ingresar es cada vez mayor y hay muchos más transeúntes que en horas anteriores. Los comensales de los restaurantes que rodean la plaza disfrutan el vaivén de los turistas. Más allá, en la Alameda Central, los globos aún se elevan cuando el perfil de la Catedral los observa.

Evitará la premiación y a los burócratas. Al final, lo que cuenta es el disfrute visual, la explosión del color, y haber revivido el recuerdo, algo oxidado, de lo que era una Noche de Rábanos. Cuando dobla la esquina, mantiene su vista fija hacia el frente y se encuentra con una imagen que le recuerda que, a pesar de la belleza de una festividad como esta, ‘no todo es color de rosa’: ahí están Los olvidados, niños y mujeres vestidas con trajes rojos y rosa mexicano (otra vez) rallados horizontalmente con tonalidades en azul. La comunidad Triqui tirada en el asbesto está rodeada por policías, como encarcelada y alejada de la parte ‘bonita’ del espectáculo. Han sido desalojados del corredor del Palacio de Gobierno en donde hacen  protesta desde hace varios meses. ¿Es que acaso su color desentona con tanta alegría? Quizá.

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