La pirámide del estatus y el culto templario

Ella, unos 15 años, jeans ajustados y playera negra, lo mira desde abajo del escenario. Él, unos años más, un cigarro en la mano izquierda, mientras con la derecha acaricia un cuerno de chivo, le sonríe desde arriba, balanceándose de un pie a otro. Mientras tanto, Simón El Americano, líder de las autodefensas que patrullan Buenavista Tomatlán, habla de la organización de la fiesta para el aniversario del levantamiento. Cuando la reunión se acaba, y las filas de los guardaespaldas se rompen, los dos se acercan, movimientos y miradas parecen las de cualquier pareja, coqueteando en cualquier placita, en el centro de cualquier pueblo. Sin embargo, sus palabras y su cortejo se dan con un chaleco antibalas de por medio.

El contexto en el cual los dos muchachos se encuentran no tiene nada que ver con una situación cualquiera. La vida sigue, el hombre se adapta, eso es cierto, pero ¿podemos dejar de estremecernos frente a esta normalización de la violencia que se vuelve el telón de fondo para la vida cotidiana de los habitantes de Tierra Caliente? Lo que observamos no es una representación romántica de “el amor en los tiempos de las autodefensas”. Es uno de los resultados de años de violencia, de la Narcocultura, de armas que circulan a los cuatro puntos cardinales de Michoacán, cambiando tan rápidamente de cargador como de dueño.

¿Cuándo pasó esto? ¿en qué momento la sociedad michoacana se volvió cuña para códigos de muerte? A lo largo de los días recorridos por una de las  regiones más estratégicas en esta guerra entre población y crimen organizado, hicimos esta pregunta a diferentes actores de la escena. Sus respuestas nos reorganizaron un panorama complejo, donde las vicisitudes económicas de un área muy productiva se entrelazan con la influencia de un culto sectario basado en la afirmación personal y el poder de las armas.

Curiosamente –o no– los personajes más vistosos del movimiento de autodefensas, el doctor Mireles, Hipólito Mora, el padre Gregorio –Goyo– López, no se detuvieron mucho a hablar de cómo se dio este enlace tan fuerte entre el cártel y la población. En sus palabras, la perspectiva económica prevalece sobre la social. Esto sin incluir a Simón, El Americano, quien tiene una perspectiva aún más lejana y enfocada en lo militar.

Entrevistamos al doctor Mireles al día siguiente de la celebración del aniversario del levantamiento en Tepalcatepec. Los rasgos de las autodefensas toman forma en las palabras de quien, no por casualidad, es el presidente del Concejo General. Su voluntad conciliatoria aunque firme, nos deja entender que el movimiento no va a parar. Al cuestionarlo sobre el germen que permitió a la infiltración criminal tener tanto éxito social, nos habla del despojo del Valle de Tepalcatepec por parte de los narcos que, para obtener el control del territorio, mataron, secuestraron y violaron, paralizando a la sociedad a través del miedo y la desconfianza.

Esto es cierto, el temor por la vida propia y de los familiares fue un ingrediente fundamental para que la sociedad aceptara el poder del cártel. Pero no se trató sólo de una aceptación por causas de fuerza mayor, sino de una relación mucho más cercana, sobre todo con los jóvenes, excitados por las fiestas y los narcocorridos; fascinados por los símbolos del poder de toda esta parte del “mundo del narco” que todavía no dejamos de preguntarnos si vale la pena definir como cultura. Y si Mireles nos contesta hablando de productividad y miedo, Mora nos habla de descuido gubernamental y falta de recursos, mientras el padre Goyo identifica desocupación como causa de todo mal.

Tania en cambio, la mujer que nos abre las puertas de su casa y nos acompaña en los días de visita en Tepeque, tiene un discurso impactante y sencillo. Su lema es «el narco es el síntoma, el gobierno la enfermedad» y su visión de la contaminación de la sociedad es diferente, más humana, más amenazante, porque no tiene que ver sólo con las condiciones económicas sino con el futuro de una generación.

La cultura del narco está muy arraigada, […] hay jóvenes que han crecido viendo a sus padres ser narcos y que salidos de la secundaria no quieren seguir estudiando porque quieren hacer lo mismo, para tener cosas de lujo. Otros ven a los narcotraficantes como ídolos, algunos adoran a los narcos, cuando estaban aquí los Templarios, los sicarios eran unos dioses para los chamacos y era muy fácil cooptarlos.

Por eso ella ve tan urgente que las autodefensas se volteen a lo social, y que lo social ya no dependa de las autodefensas, porque el poder de las armas tiene que ser medido de nuevo y los valores de una sociedad entera reevaluados.

Fue hablando con personas como ella que escuchamos lo que la prensa, ocupada en buscar las fotos de R15, no nos cuenta. Las historias de cada día que, juntas, nos restituyen el panorama general de una vida al lado de los narcos, desde el punto de vista de quien la vivió.

Tomás nos recibe en el patio de su casa, nos sienta en círculo e inicia una larga plática que nos dejará a todos calladitos, mirándonos los unos con los otros sin saber que desear de esta tierra, caliente de nombre y de hecho. La historia de cómo los narcotraficantes «ganaron los corazones y las mentes» de los habitantes de este territorio empieza desde lejos y, como siempre, tiene una raíz económica.

Todo empezó en los años 50, cuando se dio el primer reparto agrario con la formación de nuevos núcleos urbanos, como La Ruana, fundada en 1959 por el General Cárdenas al reunir cuatro distintos ejidos dentro de la Comisión de Tecapaltepec. De ese momento en adelante, con el trabajo de la gente originaria del territorio y de los nuevos pobladores procedentes de Jalisco, Guerrero u otros municipios de Michoacán, y gracias a la creación de un sistema de riego agrícola y de presas, empezó para esta región un periodo de prosperidad que vio su auge en los años 70 y 80.

Música de banda en el festejo del primer aniversario del levantamiento armado en Buenavista Tomatlán. Fotografía: Cristián Leyva

Música de banda en el festejo del primer aniversario del levantamiento armado en Buenavista Tomatlán. Foto: Cristian Leyva

Sin embargo, a raíz de que terminó lo que se conoce como el periodo revolucionario del PRI y al termianr la administración de López Portillo (1976-1982) para comenzar la de Miguel de La Madrid (1982-1988), una nueva y distinta visión económica se difundió en la zona y se comenzó con la aplicación de un modelo neoliberal que, como primera medida, cortó los recursos a ejidatarios y agricultores. Ya sin apoyo, a los cultivadores sólo les quedaron las opciones de trabajar pidiendo prestado o de emigrar.

Y casi todos decidieron emigrar, dejando atrás una sociedad de mujeres y jóvenes, una generación entera, la de los 90, que creció sin figura paterna, con una libertad prácticamente total y sin saber como colmar la necesitad, típica de los adolescentes de inspirarse en modelos fuertes. Fue en este entonces –nos cuenta Tomás– que el narcotráfico, que siempre había estado presente en este territorio con la siembra de marihuana, se volvió imprescindible para las comunidades. Ante todo, desde un punto de vista económico, porque con su dinero se podía suplir la ausencia de recursos gubernamentales y luego, desde un punto de vista social, había llenado paulatinamente con nuevos códigos y “valores” el vacío dejado por los migrantes.

Tomás sabe de lo que está hablando, su compromiso con la sociedad de Buenavista y el análisis que nos presenta es probablemente el que él mismo hizo hace unos diez años, cuando tuvo la necesidad de entender la realidad a su alrededor para poder servir a su pueblo.

En su reconstrucción de los hechos, el siguiente viraje en este panorama se dio en 2001, cuando el ataque a la Torres Gemelas en Nueva York hizo que los controles en las fronteras de Estados Unidos se hicieran más fuertes y los laboratorios de producción de drogas sintéticas se movieran hacia Michoacán. El territorio entonces se volvió más estratégico y la necesitad de protegerlo llevó a los narcotraficantes a empezar a trabajar de una forma más organizada. En 2005 ya tenían el control de la seguridad pública y, con el tiempo, lograron obtener también la confianza de quien todavía no se había acercado por necesitad económica.

Ellos resolvían todos los conflictos internos a la comunidad, desde los más sencillos, como un pleito entre una pareja o una relación difícil entre un padre y su hijo, hasta los más complejos, como la regulación del corte de limón. Fue así que, estableciendo días para el corte, “alineando” a maridos infieles y asustando chamacos para que regresaran a casa a la hora establecida por sus padres, “esa gente” se ganó la confianza de la demás gente. Y donde ellos no pudieron, la guerra de Calderón pudo. Tomás comenta: «Los procesos electorales fueron contaminados desde 2007. Los efectivos presentes en el territorio eran más o menos los mismos que ahora, pero nadie les hacía caso. Había manifestaciones en contra de los federales y del ejército, manifestaciones promovidas por los mismos narcos, donde la gente se sumaba de una manera espontánea. Todos estaban en contra de la estrategia de Calderón».

Así, por un lado los ciudadanos no tenían ninguna consideración hacia las instituciones, y por el otro, el cártel iba ganando consensos, aprovechándose de los sentimientos del pueblo y, gracias a una imagen de poder y éxito social que funcionaba como señuelo, reclutando afiliados. En este sentido se da la creación del mito de San Nazario (que refiere a Nazario Moreno, ideólogo del narco en Michoacán), que se sirvió del perfil religioso de una población acostumbrada a rendirle culto a los santos, así como de la creación de una estructura de adoctrinamiento, con cursos y talleres de superación personal donde las personas incluso pagaban por asistir, con la finalidad de ser aceptados dentro de la organización y ganar el estatus de “instrumento para limpiar la sociedad”, con todo el poder que esto implicaba.

Campo de papaya localizada entre Apatzingán y Buenavista Tomatlán. Fotografía: Cristian Leyva

La verdad es que el culto a San Nazario sólo servía par dar veracidad a la supuesta muerte de “el más loco” y los talleres de superación personal eran una forma de observar y cooptar a quien tuviera alguna capacidad de liderazgo. Sin embargo los resultados de este lavado de cerebro colectivo con estructura piramidal –donde por el primer nivel era suficiente pagar tres mil pesos, pero para acceder al segundo ya se tenía que involucrar a diez personas en el mismo mecanismo– están bajo los ojos de todos. Los resultados son las sociedades actuales de Buenavista, Tecapaltepec y Apatzingán; revueltas, lastimadas, ansiosas de transformarse pero sin saber en qué, ni cómo, agradecidas con las autodefensas que las liberaron pero sospechosas de que se pueda caer otra vez en la misma dinámica maniquea de los que mandan y los que obedecen.

Cuando Tomás se calla, después de la serie de preguntas que dura dos horas, todos nos miramos en silencio. Él nos dirige un —¿algo más?— acompañado por la sonrisa de quien sabe que generará la pregunta —¿todavía hay más?— Y la respuesta es claramente sí, todavía hay mucho más. La estructura creada por “la empresa” en Tierra Caliente está allí. Las autodefensas están limpiando el territorio de las personas, pero no pueden o todavía no quieren, desmantelar su modelo económico y social. Un verdadero cambio en esta sociedad llevaría a consecuencias mucho más profundas de las que estamos observando, y tal vez serían incompatibles con las intenciones no sólo de quien está pensando apoderarse de este “vacío de poder”, sino también, con las de quien lo está manejando en este momento, porque la producción del fértil territorio de las zonas liberadas no nos parece que se haya parado hasta la fecha.

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