La cruz quemada

La magia se encuentra oculta en las montañas de Guerrero y aflora cada vez en sus fiestas ceremoniales, en lo férreo de su gente al seguir sus tradiciones, al reafirmar su identidad. Una parte de esa magia emerge en el Jagüey una comunidad en donde mayo es sinónimo de fiesta.

En el Jagüey se siembra maíz y esperanza de colores; con flores y rebozos  hechos de papel, que adornan las cruces en donde hay manantiales y tomas de agua que habitan en el paisaje sepia que se erige en las secas. En las fiestas de mayo se pide por el buen temporal, son parte de las fiestas ceremoniales del Atzinzilistli, que en náhuatl significa petición de lluvias. Mayo es un mes importante porque marca el cambio de la estación seca a la de lluvias, que en otras palabras significa el inicio del temporal, del verdor en los cerros, de la siembra de la milpa y el nacimiento de los quelites. En mayo se hacen las fiestas para recibir al agua, porque con el agua viene la vida.

Dentro de esas fiestas hay una muy especial en donde los compitas más pequeños de la comunidad son los protagonistas de dicha fiesta.  A esta fiesta se le conoce como la Cruz Quemada, en donde no se quema ninguna cruz, al contrario, es una fiesta muy mojada. A esta fiesta la anduve cazando mucho cuando viví en Guerrero, ya que no tiene una fecha fija, si no que se va acomodando conforme vayan pasando las demás fiestas del mes. Me acuerdo que nos avisaron un día antes de que fuera y al día siguiente estábamos un grupo de amigos y yo en espera de lo inesperado, yo ya había escuchado algunas historias sobre la fiesta y estaba ansiosa de vivirla.

Llegamos pasado el medio día al Jagüey y nos sentamos bajo el amate que está en su iglesia a esperar a que empezara la mo-vida, poco a poquito fueron llegando las señoras con ramos de bugambilias y otras flores coloridas y las nanas que traían el sahumerio, la banda de viento, los compas que iban a cargar la cruz, los cueteros y los niños que traían una cara de pillos que no podían con ella. Los niños llegaron con sus bules de agua, que eran las botellas de refrescos que se habían encontrado por ahí, botellas llenas de agua, que de repente empezaron a teñir metiéndoles el papel crepé con que adornan sus cuerpos para subir al cerro.

Cuando ya todos nos juntamos, iniciamos la procesión hacia el cerro en donde está la cruz quemada,  caminamos bajo el ardiente sol y subimos poco a poquito al pasito de las abuelas y los abuelos, que iban cantando rezos, acompañados de la banda de viento, perfumados por el humo y el olor del sahumerio con copal. Los que se aventaron la ofrenda más pesada fueron los que cargaron la cruz, que estaba enorme y a leguas se veía que estaba hecha de una madera muy maciza, como la fe de la que se agarraron pa’ aguantar la subida. Al contrario de los niños que con su ligereza se subieron el cerro en dos patadas, parecían ansiosos de llegar a la punta. Después descubrí el porqué.

Tras una media hora de caminar llegamos al lugar en donde se erigió la cruz,  mientras la banda de viento tocaba sus hipnotizantes mantras, la gente se formaba para ponerle a la cruz sus rebosos hechos de papel crepé o de plásticos de colores, le ponían también sus collares de flores de cacaloxochitl o flor de mayo y algunos otros de cempasuchitl, le prendían velitas y le ofrendaban las flores.  Terminando de poner el huentle o la ofrenda, una nana que era la encargada de llevar la fiesta empezó a animarnos a todos para bailar en el cerro, con sus pasitos al ritmo de la banda iba danzando entre la gente e iba ofreciéndole a los niños un traguito de mezcal, mientras la fiesta seguía. De repente, en algún momento efervescente, un abuelo dijo: “Ya aviente los bules” y los niños destaparon sus bules de aguas coloridas para aventarlas por el cielo y crear  una lluvia de colores que nos mojo a todos. Recuerdo el momento de ver las gotas de colores caer sobre nosotros y la felicidad que me invadió en ese momento, de cuando cierras los ojos y los vuelves a abrir y todo cambia porque ya no es un paisaje sepia ¡sino uno a todo color! Después un viento empezó a soplar y los niños se formaron para recibir sus aguinaldos, todos contentos, coloridos y mojados.

Luego quemaron unos toritos y entonces me acordé de una señora que me había dicho que  se truenan los cuetes para avisarle a Dios que ya empezó la fiesta, y sí, se tronaron al subir y al bajar y al estar ahí con-viviendo muy felices todos.

Me gustan estas fiestas porque no hay un sacerdote sino una nana que nos guía, porque estas fiestas son un ejemplo de resistencia, porque aunque ya no se hable nahuatl se siguen conservando y reproduciendo elementos de su cosmovisión que enaltecen su fortaleza a través de siglos y siglos de colonización,  como dice Armando Bartra: “Lo que hoy llamamos campesinos, los campesinos modernos, son producto del capitalismo y de su resistencia al capitalismo. Sólo que hay de campesinos a campesinos y los de nuestro continente tienen como trasfondo histórico el sometimiento colonial y sus secuelas. Los campesinos de por acá son, en sentido estricto, campesindios…Es inevitable –y pertinente– que la lucha se llene de imágenes, sentimientos, intuiciones que remiten a un pasado profundo; es previsible y deseable que el combate se ritualice y cobre un carácter no sólo terrenal sino también simbólico…Para mantener dentro de esta abigarrado mundo de la aculturación forzada, una fuerte identidad  propia.”

Recuerdo que cuando fuimos no tenía ni la menor idea de porqué se hacían así las fiestas y luego leyendo un poquito la cosa empezó a tener forma, me encontré con una investigadora antropóloga llamada Johanna Broda, que ha trabajo mucho tiempo en el Alto Balsas de Guerrero con grupos nahuas, leyéndola fui entendiendo un poco de ésta fiesta, en especial de porqué los niños tenían que ser los protagonistas de la fiesta, pues ella dice que: “El papel de los niños en esta cosmovisión tenía similitud con los tlaloques, los pequeños servidores del dios de la lluvia, Tlaloc; pero también con los “aires” (yeyecame o ehecatontin), los ayudantes del dios viento, Ehecatl.”

Además de la razón de hacer la fiesta en el cerro, porqué subir a la montaña, y es que nuestros ancestros no eran nada tontos, como somos ahora nosotros, ellos sabían bien cómo funcionaba la naturaleza, sabían que en los cerros y las montañas se guardaba el agua y el maíz. Además de que cuando llegó la conquista a México, los sacerdotes ya no les permitían hacer sus ritos y ceremonias en sus lugares cotidianos,  también por ello se fueron al cerro y a las cuevas y a las milpas, allá en donde a los españoles nos les interesaba ir y a nuestros abuelos sí, porque sabían y saben que ahí es en donde está la vida.

Así cada año se lleva a cabo el Atzinzilistli, cada año la comunidad se organiza para seguir haciendo las fiestas, porque aunque ahora las tierras estén cansadas por tanto agroquímico y se siembre mucho y se coseche poco, uno tienen que seguir pidiendo a Dios  buen temporal, porque la vida de los campesinos es muy incierta, uno ya no sabe cuándo va a llover y aún así, con mucha valentía, siguen resistiendo con su cosmovisión única y su entereza ante ésta vida ruletera.

Por Gabriela Martínez Flores

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