“Ando buscando un pueblo”

En memoria de Sylvia Bustillo de Pérez (18 de diciembre 1917-13 de junio 2011)

Fotografía: Karla H. Mares

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He mirado la patria largamente.
Se le nota tristeza hasta en el mapa…
Y a punto estuve de quedarme ciego
porque a la patria la oscurecen llagas
la pisan botas, se le cierran puertas:
necesaria prisión con calles vigiladas…

Fragmento del poema El Mapa,
de Juan Bañuelos

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[dropcap]H[/dropcap]ay una serie de imágenes y fragmentos que se han ido sobreponiendo y entrelazando en los últimos días, trazando un mapa emergente de luchas y desafíos persistentes en México y a escala mundial, que hacen eco del invocado por el poema de Juan Bañuelos hace más de 30 años. Estas incluyen las movilizaciones masivas, tan esperanzadoras, en Turquía alrededor de la Plaza Taksim y del Parque Gezi en Estambul, y en más de 60 ciudades de ese país aparentemente remoto pero sorprendentemente cercano, las convergencias y contrastes entre esos sucesos, y la represión por un gobierno del DF crecientemente desdibujado de la conmemoración de la masacre del 10 de Junio de 1971.

En ambos casos la lucha es contra un autoritarismo aparentemente “democrático”  que intenta mercantilizar y controlar los ámbitos comunes (o “espacios públicos”, en un lenguaje más anestesiado, dado el distanciamiento sistémico entre lo “común” y lo “público”) en aras de proyectos de dominación alineados con los sectores más ágiles del capitalismo globalizado en el contexto urbano. Pero hay marcados contrastes también. En Turquía la resistencia insistente y creativa de los sectores movilizados de jóvenes ecologistas, sindicalistas, altermundialistas, mujeres, estudiantes, intelectuales, artistas, y pertenecientes a minorías tradicionalmente discriminadas como los kurdos y otras equivalentes en un arco iris muy diverso, emerge dentro del contexto de un movimiento amplio en ascenso. En México, tanto el 1 de diciembre, como ahora la represión intenta legitimarse ante un movimiento fragmentado y marginado que no logra encontrar ancla en una sociedad despolitizada y desmovilizada, abatida por la normalización del terror generalizado incrustado en la alianza entre los sectores estatales dominantes y sus cómplices delincuenciales. [/one_half]

Este es el mismo terror que acosa a las y los migrantes internos e internacionales en tránsito por todo el territorio nacional.  El rompecabezas -¿o laberinto?- incluye los reportes de una serie de “rescates” por unidades militares de un total de más de 200 migrantes secuestrados, en realidad víctimas de lo que habría que caracterizar como desapariciones forzadas dadas las dimensiones pertinentes de complicidad o participación estatal en Tamaulipas y Sonora, de 275 jornaleros agrícolas “semiesclavos” en los campos de Jalisco, y de otros 29 migrantes hacinados en Tultitlán por agentes ministeriales del Estado de México. Habría que preguntarle a estas autoridades qué es exactamente lo que entienden por  el concepto de personas “semiesclavas”- ¿será algo así como estar “medio” muerto?

No parece nada casual que se difundan estos incidentes en sucesión en menos de una semana, con los militares y otras autoridades proyectados como los héroes de una trama recurrente en búsqueda del reposicionamiento de un sector desgastado por tareas de “seguridad pública” que rebasan sus responsabilidades y capacidades. Lo indignante, lo inaceptable, es que son estas mismas autoridades civiles, policiales y militares, -en todas sus dimensiones nacionales, estatales, y municipales- que han sido incapaces, o se han negado, a proteger a defensores valientes de los derechos de las y los migrantes como el padre Solalinde, Fray Tomás, y Rubén Figueroa (del Movimiento Migrante Mesoamericano) que han tenido que exiliarse ante las amenazas de sectores de la delincuencia organizada coludidos con el Estado que gozan de su protección o negligencia.

Estas amenazas surgen dentro de un contexto caracterizado por crímenes de lesa humanidad (ejecuciones extrajudiciales, tortura, desapariciones forzadas, crímenes sexuales, traslados forzosos de poblaciones, entre otros), y de guerra (si asumimos al escenario mexicano como uno de “conflicto armado”), dirigidos contra las y los migrantes específicamente por su condición migratoria, que es el sello y signo de su vulnerabilidad. Este conjunto de vulneraciones convergentes y multiplicadas a su vez constituye un genocidio en curso. Un genocidio migrante

Fotogragía: Karla H. Mares

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Es dentro de este contexto que se proyectan también otros rostros, frecuentemente olvidados, que insinúan golpes capaces de romper el hielo donde estamos atrapados. El estado mexicano está en vías de reconocer su fracaso en cumplir con varios de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODMs) acordados por la ONU, con participación y apoyo mexicano, en la Cumbre del Milenio en 2000. Estos incluyen los Objetivos relacionados con temas como el derecho a la salud en contextos como la reducción de la mortandad materno-infantil, la desnutrición, y el hambre. Los medios reportan hoy (jueves 13 de junio de 2013) que “una bebé mixteca guerrerense de ocho meses de edad murió por desnutrición en los campos agrícolas del estado de Guanajuato, donde trabajan sus padres. Por desnutrición crónica, que se complicó con una gastroenteritis y una probable neumonía” (La Jornada, nota de Carlos García, p. 40), según declaraciones de funcionarios estatales en ese estado. Las condiciones de trabajo y vida en estos campos son iguales a las de los “semiesclavos” de Jalisco, o a los lugares donde han sido “rescatados” -o masacrados, como en San Fernando, y en cientos de fosas clandestinas en todo el país- migrantes centroamericanos y de todo el mundo, en territorio mexicano.

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Son, de alguna manera, los mismos rostros invocados por Juan Bañuelos, al concluir el grito hilado por su poema:

Con el sudor de todos levantamos la espera,
pues no hay dolor que dure lo que dura una mancha…
Y a punto estuve de quedarme ciego
He visto largamente el mapa.
Pensé en mis hijos. Duele. Y eran todos los niños.
Fui deletreando el nombre de la patria
mientras buscaba dónde, dónde poner los ojos…
ando buscando a un pueblo,
ando buscando a un pueblo.
Habla.

 

Por Camilo Pérez Bustillo

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