Las rejas están pintadas de azul cielo

No somos guerrilleros ni terroristas, no somos narcotraficantes ni ladrones. Pero nos deben mucho, nos deben todo. Nos deben alegrías, noticieros, canciones, memorias, nos deben aspirinas, risas, ropas, nos deben comida, cobertores, zapatos. Tienen muchas cosas qué pagar. Nos deben casa, carro, relojes, dientes, escuela, nos deben novias, tocadiscos, respeto, helados, penicilina, carne, jeringas, poemas. Nos deben camisas limpias, cocinas limpias, lágrimas limpias. Nos deben mucho, nos deben todo. Y mientras nos sigan debiendo nos seguiremos cobrando.
— Fragmento de Cobrador, Rubem Fonseca

Miles y miles de casas cubren ya los cerros del norte de la Ciudad de México. Casas construidas con ladrillos de cemento gris, callejones como serpientes cubren el suelo lleno de charcos, irregularidades, basura, restos de vidas, todo el gris del mundo está en esta zona. Esta zona se repite en todo el mundo. Ellos nos han orillado a vivir el más gris de los mundos, en la miseria atroz y en la incapacidad para imaginar una vida distinta. Primera deuda.

El camino al Reclusorio Preventivo Varonil Norte -el ReNo como se le conoce entre la gente de a pie y entre los presos- es un camino lleno de este gris que apesta, este gris que se mete por los ojos e invade todo a su paso, los pocos árboles que aún quedan se diluyen en las miles de casas que son ahora la base de los cerros. Y parece que nadie repara en ello, se ha asimilado el paisaje de la exclusión. Las personas caminan en las calles, suben a los autobuses cargando bolsas enormes, es domingo y el día de visita en la cárcel es un tétrico ritual que se aprovecha para ver a los seres queridos que han caído en desgracia al perder su libertad.

Esta, como todas las cárceles, es un centro de exclusión que reproduce las diferencias sociales existentes afuera, las agudiza, se trata de la concentración de muchas personas en condiciones de encierro y de violencia extrema. Es muy probable que quien pase una temporada, por muy pequeña que sea, aprenda algo de las artimañas que son necesarias para sobrevivir. Por eso es importante que en el caso de los presos políticos del 1 de diciembre de 2012 que aún permanecen en reclusión, se exija el trato más cordial posible. Algo que todos en las cárceles deberían tener, un trato digno y humano.

Este domingo de visita es el primer día en que los presos políticos, 13 hombres y una mujer, llevan a cabo una protesta clara y abierta por su condición y que exigen su liberación. Un ayuno comienza en las primeras horas de la mañana. Tal y como ellos mismos afirman desde sus celdas del ReNo, “el ayuno se organiza por el cúmulo de angustia y desesperación en la que nos encontramos cada día, poco a poco lo platicamos, nos reunimos y lo evaluamos y se decidió en conjunto. La principal demanda es nuestra liberación, así como la de la compañera Rita. Simplemente dejamos de ingerir alimentos y sólo optamos por ingerir agua, al menos las 24 hrs siguientes”.

Del otro lado de los muros, en el patio de la entrada principal, en esta explanada llena de rejas y torniquetes en donde se reúnen las familias para entrar a la visita, las palabras de María Teresa Rodríguez Nava, madre de Bryan están cargadas de una tranquilidad admirable: “Están todos juntos, hay un pasillo delgadito y ahí están las celdas, están repartidos en ellas, dos o tres en cada una pero también tienen una celda en la que guardan la comida que les llevamos”. La descripción se completa con las palabras que nos mandan a través de una carta: “nuestras celdas son de color crema, tienen baño y regadera, las camas son de metal, cada celda tiene 3 y una más de cemento. Las rejas están pintadas de azul cielo. Las celdas son de aproximadamente 2.50 metros por 2.80 metros, tienen compartimientos que también son de metal, ahí guardamos comida, ropa, productos de higiene al igual que distintos objetos personales.” Jóvenes que deberían estar agotados de sus actividades cotidianas ahora se mantienen encerrados en un espacio que los minimiza y los limita a pocas caminatas en el pasillo y los entretenimientos que ellos mismos se procuran.

Pese a todo, adentro “armaron un ajedrez y un dominó” asegura Ana Lilia, compañera de Obed y amiga de Rita. Están leyendo lo que les mandan, pueden escribir. Gracias a la presión social se ha logrado tener la condiciones mínimas de reclusión. Porque, hay que recordarlo siempre, este lugar sigue siendo una cárcel, la de peor fama en esta ciudad.

Continua el ruido, los claxons de los autos, las molestias respiratorias por tanta contaminación, la presencia de policías con armas largas por delante, las manchas de aceite en el piso y el olor a cochambre, los puestos en donde se vende ropa de color caqui y se alquilan prendas para que la visita logre pasar. Se cuidan cosas, se venden cigarros, es una romería del encierro la que gravita en las inmediaciones de la cárcel.  Como nos siguen contando en la carta, que tanto se oye en los pasillos del reclusorio: “esto es México o estás en México”. Así de gris es el sistema de justicia mexicano.

Ellos nos deben muchas cosas, nos han debido todo desde hace mucho tiempo, al ritmo que van no habrá vida que alcance para que podamos recuperarnos de tanta humillación y de tanto encierro, será un proceso largo arrebatarles la vida misma, el aire y la libertad, quitarles el control sobre las historias que infinitos jóvenes que merecen vivir a plenitud, será largo el camino para que las familias rotas logren reencontrarse luego de años de custodios y monedas repartidas en cada retén de cada visita. Las lágrimas derramadas por las madres y padres, por las hermanas, novias, hijas, amigos, conocidos, colegas, no se repondrán fácilmente. Segunda deuda.

Un solo relato es suficiente para dejar claro que la violencia la desató el Estado hace mucho tiempo y que no es delito manifestarse pacíficamente para que esto cambie, “ahora  somos tratados mejor pero la gente de aquí adentro sufren demasiado, muchos de ellos buscan recipientes de PET en la basura para poder recibir sus alimentos y los abusos e insultos para ellos son constantes como si todos fueran jueces o verdugos”, explica uno de los últimos párrafos de la carta que nos mandan Stylianos, Alejandro, Carlos Miguel, Oswaldo y Daniel en este su primer día de ayuno.

De alguna manera la represión y el encierro han generado en todos y todas las protagonistas un vínculo de cuidado y de afecto, una amistad inesperada. Para Doña María y para Ana Lilia la parte más dura se la llevan los que salieron, porque dejaron a sus compañeros adentro, en cambio, coinciden las dos, quienes aún permanecen encerrados se alegran y preguntan por los demás. Entre ellos mismos es perceptible la amistad que dan las rejas al mencionar lo que cada quién aporta para apoyar a los demás, ya sean “los malabares de Obed, los juegos de Enrique, las artesanías de Bryan o la lectura del periódico entre todos”. Afuera sucede lo mismo, las madres y las hermanas, los hijos y los tíos se han organizado pero también se apoyan y se dan ánimos, se procuran entre ellos, se cuidan. Y mientras sus familiares presos se mantienen con “buen ánimo”, afuera cada hombre y cada mujer involucrados en el asunto se moviliza para protestar y para exigir, se organizan para las conferencias de prensa y van llenando las calles de esta ciudad con gritos de molestia: ¡Presos políticos, libertad! Tercera deuda.

Por Heriberto Paredes Coronel

Galería Fotográfica: Luiza Mandetta

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