El pueblo brasileño, luchando por más justicia y otra manera de hacer política

Antonio Guerra
Fotografía: Heriberto Paredes

Por Eugénie Laclasse

A lo largo de las últimas semanas, particularmente durante el mes de junio, las protestas estallaron en Brasil, juntando hasta más de un millón de personas en las calles de unas cien ciudades del país. El descontento provocado por el aumento de las tarifas de transporte, por parte del gobierno, fue reforzado por las obras millonarias que se están llevando a cabo en el país en el marco del Mundial de fútbol de 2014, así como de las Olimpiadas de 2016. Sin embargo, estos elementos coyunturales no deben de esconder las raíces mucho más profundas de las críticas y reivindicaciones del pueblo brasileño. Al igual que en otros países del mundo, tales como Egipto, España, Grecia o Turquía, la sociedad brasileña se esta levantando en contra de un modelo económico, social y político particularmente desigual y opresivo. El seguimiento de su movilización representa un desafió importante para los días, meses y años que vienen.

Las manifestaciones empezaron el viernes 7 de junio con una primera marcha en São Paulo contra el aumento del pasaje de transporte, en las cuales se juntaron un poco más de mil manifestantes. Las protestas siguieron con otras marchas el 11, 12 y 13 de Junio. Este día, los 5 mil manifestantes presentes fueron brutalmente reprimidos por la policía, con un saldo de más de 80 heridos, lo cual provocó la indignación tanto de la población como de los medios de comunicación. El lunes 17 de Junio, día de la quinta movilización, más de 200 mil personas marcharon en alrededor de diez ciudades. El descontento de la sociedad brasileña no se quedo allí: en apenas dos semanas, el número de manifestantes subió hasta más de un millón en cien ciudades del país.

El descontento empezó con la movilización de los Militantes del Movimiento Passe Livre, después de que el gobierno brasileño anunciara que iba a aumentar el precio del boleto de transporte urbano de unos 20 centavos, pasando de 3 a 3,20 reales. En una carta abierta enviada a la presidenta Dilma Rousseff, el 24 de Junio de 2013, los militantes de Sao Paulo denunciaban: “la injusticia de la tarifa queda más que evidente en cada aumento; cada vez son más las personas que no tienen dinero para pagar el pasaje”. En una entrevista, Luiz Antonio Guerra, politólogo y activista del movimiento, explica “por un lado, tenemos un gran apoyo por parte del estado para que la gente compre su propio carro, individual, en paralelo de un desgaste y un desprecio del transporte colectivo, que se da con la inflación constante del precio del transporte, que por poquitos centavos, que sean 20 centavos, 30 centavos, afecta muchísimo la vida de las familias brasileñas de muchas clases sociales que dependen del transporte colectivo”. Desde hace años, el gobierno brasileño ha estado quitando impuestos a las empresas productoras de carro, “para que los carros estén más baratos, y que la gente pueda comprar más carros”, precisa Antonio. Sin embargo – además de congestionar a las ciudades por exceso de tráfico – estas medidas no lograron implementar una situación justa dentro de la población. Así, en un articulo para la Jornada, Claudio Lomnitz indica que, “por ejemplo, en la ciudad de Sao Paulo circulan 5 millones de coches diarios. Las calles están atascadas, y toda la población gasta horas diarias en transporte. Pero sólo 20 por ciento de la población tiene coche.”

En el mismo periodo, otros factores aumentaron el descontento social del país: las obras preparativas del Mundial de fútbol de 2014 y de las Olimpiadas de 2016, y el principio de la  Copa Confederaciones. Las inversiones millonarias que implican –por ejemplo, los seis estadios que se inauguraron en la Copa Confederaciones sumaron casi 2 mil millones de dólares– no están dirigidas a la población sino a la construcción y la remodelación de estadios, aeropuertos, autopistas o hoteles. Como lo denuncia Luiz Antonio Guerra, “lo que pasa es que es tan caro que la gente no puede acceder a los estadios”. Así, “es una esfera de élite muy pequeña, de la élite brasileña junto con muchos extranjeros, quienes van a poder acceder y beneficiarse de la colosal estructura que fue montada para el fútbol. Entonces, aunque seamos aficionados y aficionadas por el fútbol, mucha gente no se siente parte de esto. Considerando las pésimas condiciones de los servicios públicos, la gran desigualdad de Brasil que es uno de los países mas desiguales del mundo, se puede tomar en cuenta qué tan ofensivo es para gran parte de la población”. En este mismo sentido,  Claudio Lomnitz condena con fuerza la situación que se esta viviendo en el país: “al igual que la doctrina Reagan, las inversiones en olimpiadas y mundiales conllevan enormes desigualdades: la ciudadanía de Brasil debe pagar 35 mil millones de dólares para que Neymar siga cobrando sus 22 millones de euros al año, para que las corporaciones hagan su publicidad, y para que los habitantes de Río sigan viviendo como viven.”

Pero la injusticia vinculada con estos eventos internacionales va mas allá de esto: el problema no sólo es que la condiciones de vida del pueblo no se mejoraron, sino que muchos pobladores padecieron un aumento de la violencia por parte de las autoridades y tremendas violaciones a sus derechos humanos.  Los Comités Populares de la Copa (haciendo referencia a la Copa del Mundo), en un informe intitulado “Megaeventos y violaciones a los derechos humanos en Brasil” lanzado en diciembre de 2011, reunieron datos e informaciones sobre los impactos de las obras y cambios urbanos en el contexto de megaeventos que demuestran una serie de violaciones a derechos humanos. Los desalojos y desplazamientos forzados, junto con la privatización de espacios públicos y la exclusión de los comerciantes locales de las áreas deportivas, toman un papel muy importante en sus denuncias. Cabe destacar que hasta la fecha, por lo menos 200 mil personas ya han sido desalojados, lo que corresponde a casi uno en cada mil brasileños. De esta manera, una parte importante de la población brasileña esta padeciendo un verdadero proceso de limpieza social, lo cual implica una multiplicación de los actos de violencia en su contra. Como lo relata Raul Zibechi en un articulo para Programa de las Américas, “los Comités Populares de la Copa afirman que en 21 villas y favelas de siete ciudades que serán sedes del Mundial, el Estado está aplicando “estrategias de guerra y persecución, como el marcado de casas con tinta sin explicaciones, la invasión de domicilios sin mandatos judiciales, la apropiación indebida y destrucción de inmuebles”, además de amenazas y corte de los servicios y otras acciones de intimidación.” Durante el mes de mayo pasado, la ANCOP (Articulación Nacional de los Comités de la Copa), junto con la  Red Nacional de Protección a los Derechos de Niños y Adolescentes, alertaron sobre la explotación sexual infantil y juvenil que se teme vivir en el marco de los eventos, reivindicando de una vez la creación de una campaña nacional de protección.

En fin: mientras unas cuantas empresas constructoras acumulan fortunas en obras a cargo del presupuesto estatal, la población padece las altísimas tarifas de servicios de baja calidad, la degradación de sus condiciones de vida y la multiplicación de las violaciones a sus derechos humanos. De ahí, “empieza un proceso muy importante y poco visto de convergencia” entre la movilización contra la alza de las tarifas de transporte y las protestas en relación al Mundial, explica Luiz Antonio Guerra. No obstante, para el militante, también hay que tener cuidado al hablar de las movilizaciones ya que, como precisa, “las movilizaciones en Brasil, o más bien su magnitud, fueron muy inesperadas en este sentido, pero esto no quiere decir que surgió de la nada, o como dijeron muchos analistas asombrados, que “el gigante se ha despertado”, no.” Y tampoco se puede reducir a cualquier contagio de los demás movimientos que han nacido estos últimos años en varios países del mundo. Al igual que en estos otros casos, en Brasil, las críticas van mucho mas allá, y tienen su profundidad social e histórica. El Movimiento Passe Livre (MPL), nacido en el 2005 en el marco del Foro Social Mundial en Porto Alegre, es interesante en este sentido, al demostrar que la lucha brasileña para el transporte público tiene una historia mucho más larga. Por otro lado, esconder lo que hay detrás del movimiento corresponde a ignorar el malestar profundo que se esta viviendo en el país: el pueblo brasileño sí tiene sus razones para protestar, las cuales tienen mucho que ver con la historia política reciente del país, y la llegada al poder del Partido de los Trabajadores. Según Luiz Antonio Guerra, sus promesas incumplidas de cambio llevaron consigo una fuerte perdida de confianza en “toda la clase política”. “Lo que se ha visto es que, aunque con importantes programas sociales, el gobierno de Lula y el gobierno de la presidenta Dilma Rousseff, no han cambiado la estructura social y económica, lo que era la gran esperanza del pueblo brasileño”, explica. Así, denuncia de una vez la imagen generalmente difundida de Brasil como potencia económica: “ésta máscara del modelo de desarrollo económico, que actúa principalmente como una referencia latinoamericana, es por lo menos en gran parte falsa.” En efecto, hasta la fecha, Brasil sigue siendo uno de los países mas desiguales del mundo.

Frente al descontento social, la primera respuesta del Estado fue la represión y la criminalización de la protesta. Bajo el uso de su policía militar – una de las más represivas del mundo, tan violenta que hasta la ONU recomendó su desmilitarización– el gobierno intento impedir que siguieran las manifestaciones. Así, se multiplicaron los actos de violencia, dejando cientos de heridos y presos. Al usar sus bastiones de policías militares en contra de los militantes, el estado brasileño también estuvo llevando a cabo un claro proceso de criminalización de los mismos, actitud masivamente seguida por los principales medios de comunicación durante las primeras marchas. “Vándalos”, violentos y peligrosos para la sociedad y el “orden público”, los manifestantes no merecían más que la represión. Sin embargo, la indignación que provocó la magnitud de la violencia dentro de la población no permitió que siguiera la desinformación. La represión no se acabó por completo, pero “los grandes medios perdieron el monopolio de la información. Con las redes sociales, la gente subía fotos, textos de apoyo al movimiento, desmentía incluso mucho de las informaciones que estaban en la gran prensa”, explica el miembro del MPL. El 17 de junio, como lo aclaró Raúl Zibechi en la Jornada, “los políticos más importantes del país, los ex presidentes Fernando Henrique Cardoso y Luiz Inacio Lula da Silva condenaron la represión”. De ahí, “hasta los medios más conservadores debieron reflejar la brutalidad policial”, precisa el analista uruguayo.

Gracias a su movilización, el pueblo brasileño consiguió también distintos logros políticos. En varias ciudades del país, se suspendieron los aumentos del costo de los boletos de transporte. En algunas, hasta se implementó el “Passe Livre Estudiantil”, reivindicación histórica del Movimiento Passe Livre. Para el politólogo y activista del mismo movimiento, “son logros importantísimos. (…) Es muy importante para que la gente perciba que estas luchas sociales sí pueden cambiar sus vidas a corto, medio y largo plazo.” Así, el cambio también se inscribe en la propia población del país, en lo que implica una transformación de la cultura política muy importante: “la gente ahora habla de política en la calle, en la vida cotidiana, lo que antes no pasaba. La política muchas veces era un tabú, no se hablaba, y menos desde una perspectiva critica, lo que se ve ahora”, explica Antonio. La pérdida de confianza en la clase política que trajo consigo el Partido de los Trabajadores a lo largo de los últimos años se extiende así a una pérdida de esperanza en las vías políticas tradicionales y a una crítica de “una democracia representativa muy elitista y corrupta.”

Según el activista, con estos movimientos, no se trata de tomar el poder sino de “cambiar el sistema”. El MPL aparece como un muy buen ejemplo en este contexto, ya que siempre ha actuado en este sentido. “Somos un movimiento social autónomo, horizontal y apartidista que jamás pretendió representar el conjunto de los manifestantes que tomaron las calles del país. Nuestra palabra es una más dentro de aquellas que se gritan en las calles, se levantan en los carteles o se escriben en los muros”, escriben los militantes ubicados en São Paulo. Además, tras los años, el movimiento ha logrado establecer un cuestionamiento y una critica profunda del modelo urbano de ciudades que se esta dando dentro del sistema político-económico capitalista, yendo mas allá de una simple reivindicación respeto a las tarifas del transporte público: se trata de repensar el modelo de ciudad en su conjunto. “El transporte puede ser público de verdad si es accesible a todos, o sea, entendido como un derecho universal. (…) Cuestionar los aumentos es cuestionar la propia lógica de la política tarifaria, que somete el transporte al lucro de los empresarios y no a las necesidades de la población. Pagar por la circulación en la ciudad significa tratar la movilidad no como derecho, sino como mercancía. Eso coloca todos los otros derechos en jaque: ir a la escuela, al hospital o al parque, pasa a tener un precio que no todos pueden pagar”, afirma también el mismo colectivo.

Así, las resistencias que ocurren en el marco de la preparación del Mundial de 2014 corresponden a una doble lógica de lucha: a nivel local, y a nivel global. Si bien es cierto que las victorias que lograron obtener los manifestantes en varias ciudades del país son muy importantes para seguir exigiendo mas al gobierno, las demandas no paran en reivindicaciones únicamente locales. Para Luiz Antonio Guerra, las resistencias en contra de las obras del Mundial son convergentes con las exigencias del MPL respecto a la movilidad urbana, que también son convergentes con las ocupaciones de tierras urbanas y rurales o con las resistencias a megaproyectos, tales como la central hidroeléctrica de Belo Monte. “Se empieza a ver la importancia de las demandas concretas, la importancia de los logros concretos, pero la importancia de ver cada lucha local como parte de una lucha nacional y una lucha global. Y de ahí articular para tener fuerza”, explica.

No obstante, el futuro de las protestas del pueblo brasileño también corre algunos riesgos, sobre todo a través de sus opositores. Por un lado, está la derecha. En las últimas semanas, estuvo intentando desviar al movimiento, mediante la recuperación del argumento de la lucha contra la corrupción: las denuncias que salieron respeto a la actitud de los gobernantes del PT fueron usadas para desestabilizar al gobierno de Dilma Rousseff y, en paralelo, valorar a la oposición. Esta estrategia se ve acompañada por la actitud de los medios de comunicación comerciales. A pesar de su cambio de posición frente a la escala de represión que sufrió el movimiento social, el apoyo que le están dando los grandes periódicos puede ser discutido ya que tienden también a vaciar a la lucha de su contenido reivindicativo. Como lo denuncia Luiz Antonio Guerra, estos medios apoyaron al movimiento pero “al mismo tiempo intenta vaciarlo de su contenido a partir de un argumento vacío e inofensivo, hablando de “protestas democráticas, verdaderas y legítimas, contra la corrupción”, usando conceptos vacíos tales como “la democracia”, “la vida”, y un discurso cargado de un patriotismo fuerte pero también vacío”.

Frente a esta situación, el militante distingue una forma de resistencia: aprender de los demás movimientos que surgieron en el mundo estos últimos años, manteniendo demandas concretas, ya que “cuando se tienen demandas muy amplias y poco concretas, tiende a disminuir la fuerza de las protestas”, pero  sin dejar de inscribirse en una dinámica global. Antonio también alerta sobre un nuevo obstáculo que teme para el futuro, el de la represión. “Lo que podemos prever para el año que sigue es que si las protestas van a seguir pero que la represión va a ser mucho más fuerte. Porque la Copa Confederaciones fue como un ensayo para el Mundial del año que viene. Y la FIFA ha hecho una serie de constantes amenazas al gobierno brasileño, pidiéndole que arregle “el problema del caos de las calles de Brasil”, incluso amenazando cancelar el Mundial”, advierte, invitando a que sigamos atentos. Igual, el activista se ve optimista: para él, la lucha si va a seguir en el país. Luego, el resultado “va a depender de la capacidad de los movimientos para articularse, de articular una multitud de personas, de intereses, motivos, ideologías edades diferentes. Lo que veo es un gran desafío, y un interesantísimo desafío para los movimientos sociales de Brasil”, concluye.

Fotografías dentro del video: Guilherme Minoti (São Paulo), Renan Accioly (Goiânia) y Maria Claudia Reis (Brasília)

There are 3 comments

¿Qué opinas?