El grito de los taladros, a tres años del Movimiento por la Paz

Fotografías: Sari Dennise y Heriberto Paredes

—Qué pasó, ¡¿cómo van las cosas, Melchor?! ¿Qué has arreglado en Monterrey? —le dice Melchor Flores Landa a su hijo y tocayo, Melchor Flores Hernández. A pesar de la intensidad del sol y el ruido ambiental, las palabras que dirige el padre del «vaquero galáctico» a su hijo desaparecido, mantienen la atención de la gente:

—Ese, mi vaquero, ¡cuánta falta nos haces, cabrón! La emoción me embarga porque te seguimos esperando en la casa… y le vale madres al pinche gobierno nuestro dolor, porque eso es, una mugre de gobierno el de Peña Nieto, este cabrón que está de presidente.

A la voz áspera de Melchor le sigue la de Amada Puentes, cuyo hijo, Gustavo Castañeda Puentes, fue desaparecido por la policía de Nuevo León, junto con el vaquero galáctico. A cinco años de su desaparición, ella también habla a su hijo y comenta los «avances» del caso:

—Todos los días me levanto pensando «hoy debe ser el día en que mi hijo llegue». Y con su gran sonrisa, su blanca sonrisa, me diga «¡Madre, ya llegué!». Hoy debe de ser el día, yo sigo esperando. Otras veces sólo camino, en silencio, esperando encontrarlo en cualquier momento en la calle, en cualquier lugar. No ha sucedido y no sé cuándo o dónde lo encontraré. Pero hasta entonces, hijo mío, hasta entonces yo voy a seguirte buscando, yo te voy a encontrar.

—Hay un sentenciado a 30 años por esta desaparición, hay dos detenidos. Pero de nada nos ha valido que haya sentenciados, detenidos, arraigados, etcétera… ¡si nadie dice dónde está mi hijo! ¿A mí de qué me sirve que estén en la cárcel? Son policías y están protegidos por el mismo gobierno. Nuevo León es una tierra sin ley.

Antes de dejar el micrófono, Amada canta a su hijo y a todas las personas desaparecidas:

De allá del mar, vendrás
golondrina presumida
golondrina consentida
preferida de este amor
…..
segura estoy mi amor
que cuando llegues a mis playas
las gaviotas de mi cielo
con tristeza te dirán que envejecí
que envejecí de tanto esperarte…

La concentración del 27 de marzo de 2014, en la Ciudad de México, bajo la Estela de luz, desde el 2012 renombrada por el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD) como Estela de Paz, conmemora los tres años del asesinato de Juan Francisco Sicilia y seis muchachos más. Este hecho –que se intentó invisibilizar, como tantos otros, con la criminalización de los jóvenes–, provocó el desbordamiento de la indignación y una catársis nacional que rompió el silencio de las víctimas de la guerra contra el narco en México. Al coro de ¡Estamos hasta la madre!, ¡No más sangre!, ¡Su guerra, nuestros muertos!, ¿Dónde están nuestros hijos?, ¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos! y tantas otras frases que se convirtieron en emblemas portadores del dolor colectivo; la voz de una sociedad profundamente lacerada se agigantó.

Hay muchas caras y estandartes conocidos en este evento –para cualquiera que haya tenido un acercamiento previo con el MPJD–. La paloma tejida que recorrió Estados Unidos, los bordados por la paz, las grullas de papel… Está Tere Carmona, con sus flores coloridas en la mano y con una sonrisa inmensa, como siempre, tal vez porque uno de sus superpoderes es convertir el dolor en fuerza. Mary Herrera Magdaleno y los hermanos Trujillo Herrera, quienes tienen cuatro hermanos desaparecidos, también brindan muestras de afecto a los asistentes a cada instante. Araceli Rodríguez, madre de un policía federal desaparecido, nos recibe con un «¡Están conmigo y con Luis Ángel!», seguido de un gran abrazo.

Los «solidarios» –y hasta la prensa– también son ya viejos conocidos. Este evento parece una reunión familiar donde el parentezco se entreteje por el común repudio a la guerra y por la exposición de sus consecuencias encarnadas en el dolor humano, en las pérdidas, en los ausentes. Hoy se observa una retrospectiva de tres años a partir del encuentro, aunque la violencia tenga mucho más tiempo viviéndose.

Después de un «pase de lista» a sus seres queridos y a muchos otros asesinados y desaparecidos en el territorio mexicano, se anuncia el inicio de la actividad principal. El sol lleva varias horas secando el ambiente y deshidratando a las personas, quienes se refugian bajo sus rebosos, cartones, chamarras o manos. ¡Ni un paso atrás! –parecen decir–. Han asistido al pie de este monumento, tan repudiado, con una clara misión: colocar más de 30 placas que le recuerden a los transeúntes, al gobierno y a toda la población, que los muertos y desaparecidos tienen nombre, historia y familias que seguirán firmes en su búsqueda y exigencia de justicia.

Los gritos que se escuchan ahora son los de los taladros que intentan perforar el cemento al pie de la Estela. El cansancio ya es visible en algunos, pero no ceden ni cuando llegan elementos policiacos amenazando con poner fin a la actividad so pretexto de que las perforaciones provocarán filtraciones de agua.

En este capítulo, le tocó a Julian Lebarón ir a buscar unas brocas, «a ver si se trae unas de esas grandotas, o unas de punta de diamante, ¡yo que sé! o uno de esos aparatos para construcción que vibran». Ya el gobierno nos quitó la que pusimos a Nepo en 2012, y la otra de Acción Migrante de cuando vino Obama… y aquellos pañuelos que tenían bordados los nombres y casos de víctimas. Hay que dejar estas placas bien puestas.

Pasan horas antes de que se pueda colocar el primer tornillo…

Los taladros siguen rechinando y levantando polvo; una vez hechas las primeras perforaciones, terminar las 224 que se requieren –ocho por cada una de las 28 placas atornilladas– son un poco más fáciles. Luego sigue el cemento, el pegamento y los tornillos. Al fondo del evento, parece resonar, como un eco, la voz de Amada Puentes cantando:

La noche cubre ya mi triste vida
y en cambio mi amor
sigue buscándote en las noches
y mis ojos en el día
de allá del mar vendrás,
¡tienes que regresar!
porque tú traes, porque tú traes
porque tú traes… mi vida.

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