El panadero anarquista

Por Eureka Guerrero
Fotografías de Eugénie Moreau

En México, incrementa la represión contra el derecho a la libre manifestación de ideas. Existe una campaña de los medios comerciales que pretende criminalizar a lxs que protestan y se rebelan contra el sistema capitalista-patriarcal, especialista en represión, violencia y discriminación. A finales del año pasado, estos medios atacaron al anarquismo, o más bien, a lo que ellxs entendían y querían que entendiéramos que era el anarquismo. La publicidad mediática contra lxs anarquistas fue una de las estrategias políticas más efectivas para difamar una de las bases de la rebeldía que vive dentro de todxs nosotrxs: el deseo de la abolición de todo tipo de poder.

Un día tuve una plática muy efusiva con un compañero. Discutíamos sobre el anarco-insurrecionalismo. En lo personal, mi postura en aquel tiempo era de total intolerancia hacia las acciones directas violentas y criticaba todo tipo de manifestación pública cuando hacerlo implicaba en todas partes, particularmente en el Distrito Federal, ir a la boca del lobo a regalar el cuerpo como carne de cañón. No escuchaba. Creía que todo tipo de argumento que viniera de la insurrección era un acto violento sin sentido. Tal vez mi educación judeo-cristiana tuvo mucho que ver en mi manera de criticar la libre manifestación de compañerxs que luchan por las mismas causas que yo, pero de formas distintas. Cuando comencé a reconocer mi intransigencia, vino a mi memoria la frase de lxs compañerxs zapatistas: «Somos iguales, porque somos diferentes» y comencé a tener una apertura –mínima– pero más curiosa, sobre lo que era manifestarse y tomar acción directa ante la violencia del Estado, la más real, cruda y cruel.

Justo en esos días coincidió que un peculiar compañero llegó de visita a nuestra casa. Entre charla y charla, se nos ocurrió que sería bueno contar la historia de una persona que viene de los deseos de destruir a los de construir. Nos preguntábamos: ¿Y si todos los bancos, las sucursales, las plazas comerciales, las marcas de ropa, los automóviles, las computadoras, el internet, los edificios, el concreto, todo, todo eso que nos molesta, dejara de existir? ¿Y si lográramos que todo eso se destruyera? ¿Qué pasaría después?

Nuestra respuesta inmediata fue: «¡Caos, caos!» ¿Por qué? Porque no había organización de ningún tipo más allá de las bombas molotov y de lanzar piedras. Rudolf Rocker en su ensayo de Anarquismo y Organización de 1873, habla sobre el tabú que se tiene dentro del anarquismo, como teoría política, acerca de la organización colectiva. Nosotrxs nos fuimos más allá del imaginario, ¿qué pasaría si mañana fuera el mundo tal y como lo queremos? ¿Entonces… qué? ¿Qué tendríamos más allá de los restos del asfalto y de metal sobre nuestros pies? ¿Qué habíamos construido dentro de la destrucción? Ahí fue cuando comprendí un poco más la palabra y la invitación de la plataforma política de la Sexta Declaración de la Selva Lacandona de lxs compañerxs zapatistas, por poner un ejemplo, de construir otros mundos, mundos nuevos.

Este compañero del que les hablo viene de un camino de acciones directas y de múltiples manifestaciones a nivel internacional y ahora se encuentra viviendo de una manera digna, tranquila y muy diferente a lo que él se imaginaba cuando joven pero sin perder la visión y el camino.

Nuestra invitación, queridx lectorx, es que al leer esto, podamos darnos la oportunidad de sentirnos parte de un todo, identificándonos con una historia contada desde el alma y la experiencia. Les invitamos a que lean con el corazón y la mente abiertos, imaginándonos y sabiéndonos dentro de un mundo donde quepan muchos más, donde estén también otros muy otros. En este mundo tan abominable y contaminado en que nos ha tocado vivir relatos como éste nos inspiran a seguir luchando y a no perder la esperanza de que veremos la utopía más temprano que tarde.

Entrevista: 
de la anarco-insurrección a la construcción de otros mundos

Mientras pueda utilizarse la fuerza para qué el diálogo. Sin embargo, las palabras siempre conservarán su poder, las palabras hacen posible que algo cobre significado, y si se escuchan, enuncian la verdad.


V, V de Vendetta de Alan Moore (1982-1988)

—¿Cómo te iniciaste en la militancia?

Tuve la suerte de haber crecido con mi abuelo y él tuvo una cierta participación en la resistencia en contra del fascismo. En general he crecido con valores anti-nazis y anti-fascistas. Desde niño tuve una inconformidad con lo existente, con las injusticias que ocurrían en el mundo. A los 14 años, en el primer año de preparatoria, me conecté con la izquierda y rápidamente fundamos un colectivo estudiantil y de ahí después de dos o tres años, nos radicalizamos formando otro, un colectivo autónomo. Fue un acelerado proceso de formación política durante la escuela, aunque éramos un colectivo un poco extraño porque planteábamos la no-necesidad de la escuela, y no sólo de la escuela burguesa sino de la escuela como institución, teníamos un discurso de des-escolarización sin haber leído a Illich o Freire, sino que venía desde nuestro sentir. Éramos chavos de barrios populares y sentíamos que la escuela era una manera de adoctrinarnos y enajenarnos, para que los que lograran superarse en ella pudieran ascender a la clase burguesa y los demás para que fuéramos a trabajar lo más pronto posible con un título que nos “acreditara”. Sentíamos que era una cárcel que teníamos que pasar como un trámite obligatorio.

Con esta postura nos radicalizamos dentro de la escuela, porque no nos sentíamos dentro del movimiento estudiantil clásico que seguía ciertas formas, más bien sentíamos que era para reformar la escuela y nosotros creíamos que no había que reformar nada sino destruirla para empezar nuevas formas de aprendizaje diferente. Eso nos arrinconó a la acción directa.

—Supongamos entonces que dejaste la escuela

No. Con mucha dificultad terminé el bachillerato, fui el único de mis compañeros que lo hizo. Siempre me encontraba con esta contradicción en casa, me peleaba con mis padres, ellos decían que mínimo debía de terminarla. De hecho, éramos como proletarios en un sistema de aprendizaje burgués, eran muy estrictas las reglas y severas las formas de enseñanzas de nuestra escuela: por eso nos sentíamos tan incómodos dentro de ella; pero en realidad había realidades y situaciones peores que la nuestra, donde nosotrxs, a comparación, éramos unxs privilegiadxs. La clase más pobre en mi país son lxs migrantes y sus hijxs. Y a pesar de que nosotrxs vivíamos en barrios populares, teníamos facilidades para el estudio, y aun así, sentíamos que el “derecho” de estudiar eran cadenas, aunque fuesen de oro, a las normas de la sociedad.

Teníamos una actitud casi ludista hacía a la escuela, agrediendo la estructura física de la misma. Por las noches nos metíamos en ésta y metíamos acero líquido en los candados para que no pudieran abrirlas en las mañanas o poníamos trapos en los bebederos y los dejábamos abiertos para inundarlas. Muchxs otrxs lo hacían, pero por aburrimiento. Nosotrxs decíamos que lo de aquellxs era un rechazo subconsciente al sistema autoritario de la escuela, entonces decidimos tomar los actos vandálicos de la misma gente que no quiere someterse pero dándole un sentido político, llamándolos actos de sabotaje. Fue un grande aprendizaje.

Una banda de chavos del barrio y yo coincidimos en ver más allá de lo que ofrecía el movimiento estudiantil para no quedarnos sólo en el análisis. Nos encontrábamos textos que tenían que ver con lo que pensábamos y a la hora de leerlos le encontramos un sentido, porque aquél coraje e inquietud estaba plasmada en letras. Empezábamos a descubrir los textos de Alfredo Bonanno, Claudio Lavazza, Bob Black, y sobre todo Raoul Vaneigem y su Avertissement aux écoliers et lycéens (Aviso a los alumnos y a los estudiantes).

—¿Qué pasó después de la escuela?

Saliendo de la escuela en el barrio de donde éramos, había una okupa y empezamos a ir, en el movimiento estudiantil eramos influenciados mucho por ellxs. Pero nuestra formación política era marxista, no tanto de que leíamos El Capital, sino que nos inspirábamos en la autonomía obrera, de la cual somos hijos políticamente.

Mis últimos años de la escuela, con toda la banda, nos metimos en esta okupa del barrio, con una inspiración más libertaria-anarquista, donde se creía que el cambio era desde nosotrxs, no desde la sociedad en sí, más bien hacer ya el cambio en nosotrxs que queríamos ver en el mundo. Entender que lo personal es político y conocer las luchas feministas y al anarquismo en este lugar fue inspirador para nosotrxs. Entendimos luego que la acción directa podía ser un instrumento de propaganda política.

—¿Qué consideras como acción directa?

La acción directa es la participación no mediada de alguien para una transformación política. Donde alguien no delega asuntos que son propios. Existen varios tipos de acción directa: hacer una reunión para organizarse es una de ellas. Por ejemplo un acción directa no-violenta es bloquear una calle o amarrarse a un árbol para que no lo derrumben, o cosas del estilo. En los últimos años se ha asociado más la acción directa a una fracción del anarquismo que es el anarco-insurrecionalismo, definiendo la acción directa como armada o explosiva, un ataque a los símbolos del capital, el poder y de la represión. Que sí tiene que ver.

Nosotrxs llamamos AD también cuando en una marcha defines objetivos, tratando de evitar daños colaterales, para atacar. Desde manchar todos los cajeros automáticos con pintura roja para que todxs sepan que los bancos son asesinos, por ejemplo, o quemar una sucursal bancaria… no sé, ha habido de todo.

En mi país y en varios países de Europa hay jóvenes organizados desde la derecha extrema que nos atacan y nos matan, los fascistas o los nazis. Es una guerra, todxs tenemos un amigx que ha sido golpeadx, amenanzadx, acosadx e incluso asesinadx por los fascistas en los enfrentamientos callejeros o en emboscadas. Por lo cual tenemos que dotarnos de herramientas de autodefensa. Cuando había una agresión a lxs compañerxs, íbamos a quemar una sede de los fascistas, cuidando que no hubiese nadie dentro, nuestra intención era denunciar su presencia en el barrio, no asesinar. Teníamos que impedir el crecimiento de la mentalidad fascista y la acción directa a veces fue necesaria para lograrlo.

Crecimos acostumbrados a la violencia política, por esta guerra continua entre fascistas y anti-fascistas. En lo personal no tengo ningún juicio moral sobre ésta, vivimos en una sociedad violenta y desafortunadamente para liberarnos históricamente ha sido necesario tornarnos violentxs. Sigo pensando que el cristal de un banco, las paredes quemadas y demás, no se comparan con la violencia que hace el capital todos los días contra nosotrxs. Un ataque al mobiliario urbano –expresión estética, simbólica y visible de la explotación de la sociedad capitalista– no se compara con el toletazo del policía que en las marchas te parte la cara; y menos se compara con los bombardeos, el adoctrinamiento patriarcal, las violaciones, las represalias y las torturas que todos los gobiernos hacen contra los pueblos. Y la explotación en sí; hasta Mahatma Gandhi –que no era un anarco-insurrecionalista– decía: «La pobreza, la peor forma de violencia».

Pero lo de la violencia como instrumento liberador es un tema complicado, difícil de manejar, ya que es fácil pasarse de la raya y no entender esto. Nosotrxs en esos años nos radicalizamos, entramos en la okupa y empezamos a practicar la AD contra símbolos de poder como acción de propaganda, dando el mensaje de que podíamos tomar la ofensiva en contra del capital. En una cuidad que te tiene bajo su yugo y tienes que libertarte, una forma es atacarla frontalmente. Tiene su lógica y su sentido, nada más que con el tiempo he empezado a ajustar esta posición, porque el solo hecho de atacar los símbolos no te libera totalmente, simplemente te desahoga. Te sientes mejor porque por lo menos hiciste algo… si todos hiciéramos lo mismo barreríamos el capitalismo en una noche, con cinco minutos vas a tu cajero automático y ya, no habría bancos. Pero es un discurso poco reproducible porque se presta a muchas trampas y contradicciones.

Empezamos a tener debates entre nosotrxs y reflexiones más profundas cuando en las AD nocturnas que hacíamos vimos que nos hacían sentir muy bien, éramos amigos, compartíamos momentos de adrenalina y escalofríos al atrevernos a atacar en el mero corazón del imperio metropolitano, saltando en la ciudad, aprendiendo tácticas de guerrilla urbana para no ser reconocidxs –en los noventa aún no había tanto control de vigilancia con cámaras y medios tecnológicos como ahora–, pero nos dimos cuenta que a pesar de todo eso, por más que hacíamos acciones no nos entendía nadie, ni la gente del barrio donde vivíamos, sólo había momentos en donde nos sentíamos más aliviados por hacer lo que hacíamos, pero ellxs y nosotrxs seguíamos jodidxs. Era un tanto retórico. Te sentías un héroe, ¿para qué? ¿Para ir contarlo? Unxs sí lo hacían y caían presxs por abrir la boca. Había que ser disciplinadxs, teníamos que cuidar que nadie lo supiera, ¡entonces casi no tenía sentido, porque la gente no entendía las acciones directas y no se las podías explicar!

Sentimos que fue un espacio corto de propaganda y agitación política. Siempre era la misma banda, a lo mejor llegaba alguien nuevx y compartía la misma fascinación pero siempre llegábamos al mismo punto de la reflexión sobre el sentido profundo de las acciones. Si es una propaganda y la violencia es una táctica, parte de una estrategia política que debía ser más amplia, pues empezamos a ahondar sobre ésta. Ya que en las marchas, empezábamos a ver estas broncas con lxs mismxs compañerxs, porque no todxs compartían la táctica de la AD. Algunxs por actitudes mochas y pacifistas superficiales, otrxs por actitudes hegemónicas, o sea que no permitían que alguien más hiciera acciones en las manifestaciones: la diferencia no se daba por razones éticas, sino por protagonismos. También estaban otrxs, más sincerxs y cercanxs, que nos hicieron reflexionar sobre los riesgos que podían ocurrir y los daños colaterales.

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En mi país se dan muchos enfrentamientos con la policía cuando se sabe que hay probabilidad de provocación. Un ejemplo muy común: los fascistas piden permiso para realizar una marcha y el ayuntamiento se lo da, entonces se hace una misma petición para dar una cita en el mismo lugar donde estarían ellxs. Lo que queremos lograr es que cancelen su convocatoria y si no lo hace de esa manera legal, vamos y tratamos de bloquearlos a como de lugar, preparadxs. Porque el gobierno debe de saber que cada que permiten eso, tiene que pagar un precio político por dejar espacio a los nazis. No siempre pasa, a veces podíamos hacerlo pacíficamente, a veces hemos llegado 20 mil a la marcha anti-fascista y los nazis eran solo 200, entonces se retiraban. Le entrábamos como podíamos. En caso de prever el choque, hacíamos asambleas entre diferentes organizaciones, para definir un equipo de batalla y nos íbamos al ataque. Esta era otra forma de utilizar la violencia como presión política para defender –paradójicamente– las mismas estructuras democráticas (pro-capitalistas) que nosotrxs rechazamos ante el fascismo, porque nuestra constitución declara que el movimiento fascista está prohibido, ya que ocasionó el horror de millones de muertxs. Por la misma historia está prohibido, pero sigue vivo como fuerza paramilitar de los intereses de la sociedad transnacional del Poder. Por lo tanto, nosotrxs tratábamos de acorralar a las instituciones de múltiples maneras para cancelar este tipo de manifestaciones fascistas. Así evitábamos la confrontación, desde marchas hasta fiestas, pero muchas veces ha sido necesario enfrentarnos.

Hay que retomar las enseñanzas de nuestros abuelxs que tomaron las armas contra el fascismo. A veces a la gente le provoca miedo pero, si logramos correr a los fascistas del Poder fue también por el enfrentamiento armado y porque el pueblo ya no lo quiso más y muchos se unieron a la lucha de múltiples formas.

Y bueno, regresando a la AD… Empezamos a plantearnos que la utilidad de una acción de este tipo en diferente contexto era variada. Empezamos a practicar sabotajes nocturnos y ataques a cadenas comerciales, mientras en el día participábamos en las campañas contra estas. Así tenía mucho sentido atacar a estas cadenas comerciales, cabía en un discurso de critica más amplio. Dejábamos bolsas de gusanos en los baños y llamábamos a salubridad, por ejemplo. Y en cada marcha se destruía una cadena comercial, el chiste no era romper el cristal en sí, sino era visibilizar el rechazo colectivo a esta y dar a conocer una campaña múltiple donde todxs se sintieran parte.

Hoy casi no se hacen ataques a esta cadena comercial a que me refiero, pero debido a estas acciones que en el pasado que se han hecho en todo el mundo, hoy cada que hay una marcha sus tiendas están protegidas por filas de policía… da risa. Porque ahora no tiene mucho sentido atacarlas con tantos policías en frente, es peligroso… pero quedó como un símbolo de la lucha de la acción directa, Ésto se ha debido a prácticas específicas de campañas de boicoteo que incluían también la AD en las marchas, pero luego las cosas se complicaban.

—¿Hubo algún daño colateral en estas acciones?

Muchas veces. Hubo diferentes daños no previstos. Gente inocente que pasaba en el momento y en el lugar equivocado.  Manifestantes golpeadxs por otrxs manifestantes. Compañerxs que iban al sabotaje o al AD y se quemaron, explotaron o tuvieron algún accidente. Objetivos equivocados y otros hechos del estilo. Inclusive, detenciones evitables y que se dieron por algún error de lxs compañerxs.

Identifico dos tipos de acción: Una, que en lo personal no comparto, que es aquella que se sirve y se auto-declara a sí mima sólo por el objetivo, entonces se auto-celebra como un ataque al poder y no lo entiende nadie más que la gente que tiene su mismo lenguaje y lxs que se conocen entre ellxs. Muchas veces a esta banda minimiza el riesgo de daños colaterales o no previstos, los justifican con muchos giros retóricos y ultra-radicales, en los cuales se les olvida la parte humana del actuar revolucionario. La otra es la que busca que la AD sea comprendida ampliamente como un acción ligada a un contexto de lucha público; pero es necesario hacerse cargo de ella, inclusive de sus daños no previstos. En este caso, igual, es muy difícil hacer una AD violenta y que la gente –sobre-saturada del tipo de mentalidad de una sociedad moralista y conservadora– entienda los motivos y que no piense inmediatamente que es sólo el actuar de grupo violento.

En general la gente entiende una AD como una practica realmente liberadora sólo cuando el poder pasa a romper sus mismas reglas y cuando se tiene un movimiento amplio radical o pre-insurrecional; es ahí cuando la gente común y corriente logra entender y hasta rebasa a lxs militantes en términos de belicosidad. Lo hemos visto en varias insurrecciones o revueltas en muchos lados del mundo. Ahí es cuando el enfrentamiento del poder contra el pueblo se polariza a un punto donde toda la pantalla democrática de éste mismo se cae y la gente se da cuenta que en el fondo es un monstruo fascista lo que defiende al capital. En este caso la misma gente que se levanta entiende que la AD organizada no es violencia, sino una manera de defenderse.

En cambio, una ciudad como la mía y para la mayoría de los tiempos y lugares, la percepción colectiva de una AD no es ésta, sino el juicio de un movimiento violento sin sentido alguno, entonces es cuando te preguntas:

En los setenta caían asesinadxs muchxs compañerxs. Historias terribles de hermanxs matadxs brutalmente. Fue así que la izquierda revolucionaria buscó armarse y pasar a la ofensiva contra la represión del Estado y sus fuerzas paramilitares, los fascistas. Sólo que ocurrieron varias desgracias, también lxs compañerxs se equivocaban y dejaron varios muertos inocentes. Son daños irreparables que aún hoy nos avergüenzan.

Por lo cual hemos aprendido que aunque quisiéramos desaparecer el fascismo del mundo, no podemos olvidar al ser humano, por más malvadx que sea, nuestra intención en las AD anti-fascistas jamás fue ni es la de asesinar; decidimos no ponernos al mismo nivel, porque entonces empezaría nuevamente la guerra de muertx tras muertx. Aunque matasen a un amigx y te levantaras a la mañana siguiente con una sed de rabia y venganza, no lo harías. Cuesta mucho mantenernos firmes con esta postura, y aún así con todo lo demás, no lo hacemos.

La sociedad nos pregunta a dónde nos llevan estos enfrentamientos. No estoy poniendo en discusión lo que pasó hace unos años, entiendo la necesidad de algunos para armarse, pero nosotrxs tenemos que aprender de la historia o cometeríamos los mismos errores y, en el anti-fascismo, hemos aprendido que aunque nos maten, nosotros no lxs mataremos. Cuando yo escucho a lxs compañerxs zapatistas decir: los hermanos paramilitares, no me imagino a mí mismo llamando hermano a un fascista, pero entiendo eso de no caer en la espiral de las muertes recíprocas.

Veo que hay muchas AD que luego se empiezan a practicar sin una cierta claridad política de lo complejo que es la sociedad; entonces ha pasado que han enviado paquetes bombas y explosivos a directores de cárceles, funcionarios públicos, policías, y pasaba que algunx que otrx se le reventaba a medio camino. Pasó una vez que mandaron un paquete bomba solidario con los anarquistas de Chile, a la embajada de este país, y le explotó en la mano a un trabajador de la intendencia de ésta, que además era parte de un movimiento por el derecho a la vivienda. Yo creo, que por más coludido que pudiese haber estado con el gobierno de su país, él no tenia la culpa.

Otras veces han explotado en las oficinas de correo postal, y así hay muchas fallas. Estas son las AD reivindicadas por un fracción del movimiento anarco-insurrecionalista (no todo). Hay discursos muy cerrados e intransigentes con los cuales no estoy de acuerdo. Ésos no son daños colaterales, son daños graves.

A parte las fuerzas represivas desatan una represión contra el movimiento visible de lxs anarquistas y lxs libertarixs. Muchas organizaciones clandestinas y no clandestinas, sin tener nada que ver fueron atacadas. En la búsqueda de lxs culpables, el gobierno aprovecha para hacer redadas para todxs aquellxs que no tienen miedo a declararse libertarixs públicamente, que para mí, es un deber, un honor, un prestigio y un orgullo. Pero el poder y sus fuerzas, usando el pretexto de las bombas, allanan las okupas que hacen trabajo público y afecta al movimiento en general, también las áreas que no estaban de acuerdo con estos tipos de acciones.

Total que creo que uno se debería preguntar para qué y por qué, antes de lanzarse a una AD. Yo en lo personal me preguntaba: ¿Hasta donde nos conviene arriesgarnos por algo que no es comprendido? ¿Y a su vez, arriesgarnos a se pueda lastimar a alguien?

Entonces me fui alejando del anarco-insurrecionalismo, aunque sí seguía que la AD era un medio como otros para que se revolucionara y transformara a la sociedad con la participación de todxs, no sólo con  gestos individuales (o de aguerridos y reducidos grupos de revolucionarios), sino con la acción colectiva de los pueblos.

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—Después de este largo trayecto fue que llegaste a México

Sí. Aquí añadí un tramo más a lo que ya había caminado. Mi encuentro con el zapatismo y con movimientos populares como la APPO en Oaxaca y la lucha de Atenco me abrió nuevas perspectivas.

Llegué a México porque tenía inquietudes, quería conocer más, sentía que se agotaban mis herramientas para comprender lo que hacía y para buscar nuevos caminos para seguir creando. Lo que tenía en mis manos ya no era suficiente: la okupa, la acción directa, el movimiento estudiantil y del barrio, el movimiento alter-mundialista, la cultura underground –algo muy valioso que todavía reivindico–, ya no era suficiente para nuevos caminos. Entonces decidí irme y viajar por Europa, América Latina y Palestina… bueno, yo donde olía a guerra de clase ahí me dirigía. Aprendí mucho de este camino.

Entonces tenía pensado seguir viajando a América Latina cuando explotó la insurrección civil de la APPO y fui a Oaxaca. Luego conocí el zapatismo, y fíjate que le he encontré mucho sentido. Porque vi que se podía llevar adelante una lucha radical y revolucionaria, sin andar desvinculados de la gente y sus demandas elementales. En aquél tiempo, con la APPO, el zapatismo y su Sexta Declaración de la Selva Lacandona, entendí que se era posible plantear una lucha radical anti-estatal –tal como es la perspectiva de cualquier libertario– sin perder el lazo con la lucha social, con la gente; recuperé la esperanza que junto con el pueblo se puede crear un proceso transformador radical de la sociedad.

En mi país  la lucha se planteaba de una manera muy distinta. Nosotrxs éramos lxs de la AD más radical y por otro lado estaban lxs que, por ejemplo, tomaban viviendas o solicitaban permiso para lxs migrantes; o luchaban por un salario y un trabajo digno. Estábamos muy separadxs. Nosotrxs nos sentíamos como lxs verdaderxs revolucionarixs y a ellxs lxs considerábamos como lxs que ponían parches a la sociedad democrática, donde ésta no podía garantizar lo que se suponía. Nunca lxs menosprecié, pero creía que nosotrxs hacíamos la revolución y ellxs sólo la lucha social, que para nosotrxs casi no era lucha política, era una suerte de asistencialismo autogestionado. Claramente esta soberbia era reciproca y aquellxs nos veían como anarquistas inmadurxs a quienes había que aislar. Aquí en México es cuando entiendo que no, que no existe esta dicotomía, esta diferencia, sino que la lucha social y el cambio radical inmediato pueden y deben ir juntos.

Porque también el problema en mi ciudad, es que, si por ejemplo la tarea es la lucha por la vivienda, se les olvida todo lo demás, o sea las transformaciones necesarias en la conciencia individual y colectiva, como luchar contra el patriarcado, reflexionar el consumo de carne en una sociedad con un sistema de industrialización masiva, usar la bicicleta con un propósito rebelde y sustentable, cosas así… pero no, a menudo estos movimientos sólo se enfocan en satisfacer las necesidades básicas de la gente. Al hacerlo, se les olvida conscientizar a la gente sobre asuntos importantes en los cambios de vida: cómo hacer el amor con respeto, qué comer y dónde comprar, cómo respetar la diversidad sexual, cómo combatir la violencia de género, etc. Porque si das vivienda pero no luchas contra el patriarcado, entonces, ¿donde está el cambio? Un techo más cobija a una familia, pero en sí no aporta mucho a la transformación de mentalidad que necesitamos para la transformación radical de la sociedad.

Nosotrxs, a la vez, nos planteábamos muy horizontales y discutíamos muchos los temas antes mencionados, pero al fin y al cabo, teníamos un actitud vanguardista, pues se nos olvidaba hablar con la gente común, entender sus necesidades para sobrevivir dentro del sistema. Sí claro, nos entendíamos a nosotrxs mismxs vestidxs de negro y, en corto, pensábamos que los que no la veían como nosotrxs eran unxs sumisxs a la mentalidad capitalista o autoritaria.

Yo he sanado y he reconstruido esta fractura viendo y viviendo el zapatismo, he encontrado un sentido integral a la lucha, donde los cambios individuales se declinan con los cambios colectivos. Donde la transformación de la conciencia de cada unx tiene que darse en estas nuevas relaciones sociales que tejen la autonomía colectiva, de los pueblos. Donde se triangula, con diferentes intensidades, la necesidad de tomar conciencia (resistir culturalmente), construir colectivamente lo propio (la autonomía), enfrentar el enemigo (la revuelta activa).

Entonces desde ahí me he replanteado y he reflexionado acerca de la necesidad de la violencia como instrumento de liberación. Hay alguien que lo explica mejor que yo, el Subcomandante Marcos. A él le preguntan en una entrevista que si piensan hacer un cambio sin violencia, o cómo… Entonces, contesta así: «Y las formas organizativas… porque una cosa es que no sea lucha armada y otra cosa es que sea no-violenta. El ejemplo es la APPO. En Oaxaca no hubo lucha armada pero sí hubo violencia, de los dos lados. Y violencia popular, pues, no la condeno, sino que saludo cómo se enfrentaron a la Federal Preventiva y cómo la derrotaron varias veces».

Recuerdo que nunca un oaxaqueñx le disparó a un policía. Quieren tachar a lxs appistas de violentxs, pero quien mató a 27 compañerxs, violó mujeres, creó los Escuadrones de la Muerte para perseguir, acosar y agredir a lxs ciudadanxs y secuestró 200 personas en helicópteros amenazándolos con desaparecerlxs, fue el gobierno. La gente se defendió, había personas con bazucas caseras hechas con tubos de PVC; estamos hablando de piedras, palos, botellas, unas cuantas gotas de gasolina para las molotov. Pero todo eso, no es nada a comparación del equipo militar que se desplegó en contra de la gente organizada. Cuando la gente toma consciencia de que se tiene que auto-defender, es cuando la acción directa cobra sentido.

Hoy más que la acción directa simbólica, veo la necesidad de la autodefensa. El momento que imagino en que más sea útil usar nuestras capacidades ofensivas es para defender nuestros espacios de autonomía. Si nos quieren arrebatar, despojar y reprimir, tenemos todo el derecho de utilizar, junto con la experiencia acumulada, la autodefensa.

—Ahora que vives en México, ¿cómo ves el mundo?

Soy adherente a la Sexta Declaración de la Selva Lacandona, un movimiento civil y pacífico, soy parte de un movimiento que quiere rescribir desde abajo una nueva Constitución para este país, al ponerlo patas arriba. A pesar de ser anarquista, no querer un estado y creer que la violencia es útil para cambios estructurales, aún así, siento que encajo mucho en la propuesta de lxs compañerxs zapatistas desde la Sexta. Allá hay un lugar para toda persona que busque realmente cambiar las cosas sin llegar al poder.

Estando aquí, al mundo lo veo con la estructura clasista que siempre conocí, nada más me lo confirma. Las contradicciones sociales de mi país no son tan aparentes como acá, en el sentido de que la distancia entre el más pobre y el más rico no es tan amplia como en México, a pesar de que el neoliberalismo en los últimos años ha hecho de todo para que los países del norte se parezcan más a los del sur, y viceversa. O sea que los ricos están hegemonizando un mismo estilo y nivel de vida a nivel global, hecho de aeropuertos, polos turísticos, centros comerciales, mega-proyectos e ideas de progreso y desarrollo idénticos en el mundo. Un rico de Alemania se parece mucho a un rico de México. Igual los pobres asemejan cada vez más, también porque los más pobres de los países ricos son los mismos habitantes del sur del mundo, que migran para allá, en búsqueda de mejores –hoy ilusorias– condiciones de vida. Y la clase trabajadora del viejo continente se está hundiendo cada vez más en una precariedad difusa.

Vivir en México me dio muchas herramientas para profundizar esta visión del mundo, a darle más colores, más matices y sobretodo para mirarlo desde el sur, desde abajo. Lo que sería, descolonizar un poco la mirada que tenía, que a decir verdad no fue nada poco, fue bastante mucho. Tuve que bajar unas cuantas escaleras para ver el mundo a nivel de los demás y ha sido un gran cambio; ha cambiado hasta mi personalidad, mi actitud antes más agresiva y más dura de mis posiciones, mi egolatría y protagonismo. He aprendido en México y más en Chiapas, sobre todo, a escuchar.

Y recordar la frase que inspiró esta plática: un buen planteamiento de lucha, una estrategia integral de resistencia le da sentido a cualquier tarea que hagas.

Antes en mi país tenía que romper cristales, aventar molotov, enfrentarme con el Estado para sentirme revolucionario. En cambio, una visión como la zapatista, tan integral, que incluyó el enfrentamiento armado, sí, pero también la construcción de una realidad que ya no necesita al gobierno y a su cultura autoritaria. El hecho de participar en esta construcción de un nuevo mundo fuera del Estado, me hace sentir más revolucionario sin tener que enfrentarme en armas con éste.

—¿Qué aporta el zapatismo en tu manera de vivir?

De repente, me encontraba en una comunidad, dando un taller de panadería para un proyecto productivo auto-gestionado que mantuviera los gastos de auto-gobierno de la zona. Me sentía tan involucrado en  este proceso revolucionario, así, simplemente haciendo pan. De repente me dije: “Ay, cómo terminé! Si me vieran mis amigxs…” ¿Cómo lo hubiera pensado yo? Cuando antes creía que se medía la participación revolucionaria con el número de cristales rotos.

Quiero aclarar que no quiero decir que todo lo que hice no sirvió de nada y que ahora encontré el camino realmente correcto, no. Pero sí he reducido una necesidad de táctica de autodefensa y de acción directa de ese tipo ante la estrategias el poder; a lo que es una mala necesidad, algo que a veces es necesario sacar, pero que es mucho más importante guardar energía para construir nuevos mundos: hacer pan, construir hornos, casas, centros de salud, tejer hamacas, cortar leña, sembrar la tierra, lo que se te ocurra y que pueda dar frutos. He aprendido la prioridad los “SI” ante los “NO”. De la destrucción a la construcción.

Ésto no lo hubiera aprendido sin México y mucho menos sin el zapatismo. Porque éste logra incluir con un discurso coherente, todos estos aportes, necesidades y sentires. Porque en el fondo es lo que siento, no estoy hablando de teoría sino de lo que yo sentía que había que encontrar en el militancia política.

El EZLN tiene una propuesta política genuina que se ancla en la construcción de la diversidad misma de los otros mundos y unx puede usar todas sus energías para crear algo bueno, creativo, bonito y al gusto de su gente. Podemos así guardar ese cachito de maldad para defender lo bonito que estamos haciendo. En fin, creo que la relación con la alternativa que vamos construyendo es como la de padre-hija. Hay que entregarse con amor, atención, paciencia y perspectiva, reconociendo nuestros errores y límites, pero si la atacan hay que defenderla hasta con la vida misma. Simplemente.

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