Brevísima historia del crimen organizado en Michoacán (1 de 2)

El capítulo siete de la segunda temporada de la laureada serie de televisión Breaking Bad, abre con un narcocorrido interpretado por el grupo de música norteña, Los Cuates de Sinaloa, que en una de sus estrofas dice «la fama de Heisenberg ya llegó hasta Michoacán, desde allá quieren venir a probar ese cristal, ese material azul, ya se hizo internacional».

La referencia hacia dicha provincia no es gratuita y antes que revelar la creciente fama del supuesto profesor de química derivado en capo del narcotráfico, que protagoniza dicha historia, revela la fama que ha alcanzado un territorio clave para la producción, el transporte y el comercio de todo tipo de drogas.

Hacia finales de la década de los 90, Michoacán vio florecer a la industria de la metanfetamina, de la mano del Cártel del Milenio o de los hermanos Valencia, que en asociación con el de los hermanos Amezcua, originarios del vecino estado de Colima, buscaron diversificar sus actividades para superar las limitaciones propias del cultivo y trasiego de la marihuana y amapola, principales productos que hasta ese momento extraía el narcotráfico de la región. Asimismo, los Valencia se asociaron con capos colombianos como Fabio Ochoa, del Cártel de Medellín, para introducir cocaína al país a través del puerto de Lázaro Cardenas, por el cual también ingresaban la efedrina necesaria para sintetizar el mentado cristal.

Dichas actividades tuvieron un impacto notable en el sur de dicho estado, conformado por las zonas de Tierra Caliente, la Sierra Madre del Sur y la Costa Michoacana; en donde se combinan una serie de características de incalculable valor para los cárteles, como lo son la existencia de una infraestructura adecuada para el funcionamiento de redes de comercio y exportación orientadas a la explotación minera y agrícola, una serranía con territorios más o menos inaccesibles en los que se pueden ocultar sin mucha dificultad plantíos ilegales, así como una amplia franja costera por la cual pueden ingresar y transportarse —a través de la carretera que va de Lázaro Cárdenas, a Manzanillo e Ixtapa-Zihuatanejo, principalmente— diversas sustancias ilegales procesadas y sin procesar.

Fuente: Maldonado Aranda, S. (2012) «Drogas, violencia y militarización en el México rural. El caso de Michoacán». Este es uno de los estudios más completos sobre el tema en la región.

Según apunta el investigador Luis Astorga en su libro Drogas sin fronteras. Los expedientes de una guerra permanente, los primeros cultivos de marihuana y amapola en el sur de Michoacán datan de la década de los 50. El narcotráfico, en dicha zona, fue consolidándose en torno a ellos de manera lenta y sostenida hasta la década de los 80, dándose en los años 90 un crecimiento exponencial que llegó a extender la influencia del cártel local –dirigido por Armando Cornelio Valencia– hacia los estados de Jalisco, Colima y Nayarit. No es aventurado deducir que el auge experimentado por dicha organización en el cambio de siglo es lo que lleva a sus líderes a tomar el nombre de «Cártel del Milenio», en un afán de mostrarse como actores destacados de lo que percibían como un cambio de época.

Los Valencia eran, en cierto modo, un cártel de viejo cuño, dedicado principalmente al narcotráfico. En la región eran percibidos como «gente de trabajo», hijos de una familia de comerciantes abarroteros con cierto arraigo. Y si bien con sus actividades llegaron a afectar la vida de varias comunidades con hechos de violencia, parece ser que en un principio estos no pasaron de ser considerados como meros «daños colaterales» por buena parte de la población. Es hasta la llegada del Cártel del Golfo a Michoacán, mediante su brazo armado en aquel tiempo, Los Zetas, que la gente empieza a resentir los efectos derivados de los negocios de los narcotraficantes.

Por múltiples factores cuyo análisis escapa al tema de este artículo, la violencia asociada a los cárteles de la droga empezó a crecer a partir del año 2000 de un modo nunca antes visto, al agudizarse la disputa por el control de los territorios y las rutas. Entre ellos, se puede mencionar el fin de la hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en el gobierno, la consolidación del neoliberalismo en el campo, luego de la aprobación de las reformas al artículo 27 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio (TLC), así como la implementación de sendos planes anti-droga impulsados por los Estados Unidos en países como Bolivia, Colombia y Perú.

Entre 2001 y 2006, Los Zetas le abrieron camino a la organización de Osiel Cárdenas Guillén, «tomaron la plaza» y redujeron a los hermanos Valencia a la nada. Con ello, golpearon también al Cártel de Sinaloa, que había sustituido al de los hermanos Amezcua en la alianza para sacar las drogas hacia el norte, cuando este fue desmantelado hacia 2003. Se dice que los Valencia incluso llegaron a reclutar ex kaibiles guatemaltecos para confrontar la embestida del Cártel del Golfo, pero nada evitó que las redes tejidas por éstos durante décadas —las cuales incluían, por supuesto, una buena tanda de políticos, funcionarios y miembros de diversas corporaciones de seguridad del Estado—, pasaran a manos de Los Zetas, quienes establecieron su centro de operaciones en la ciudad de Apatzingán.

Formados a partir de una serie de deserciones del Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales (GAFE) del Ejército Mexicano, entrenado por militares israelíes y estadounidenses para combatir a movimientos insurgentes como el del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), Los Zetas implementaron una nueva forma de operación en Michoacán, distinta a la de los viejos cárteles que basaban su disciplina primeramente en lealtades familiares y solo después en la violencia (ciertamente brutal), desarrollando nuevas formas de expolio hacia la población local, cuyos bienes y riquezas fueron vistos como botín de guerra.

Al parecer, el acuerdo con Osiel Cárdenas Guillén fue que mientras el Cártel del Golfo se quedaría con el lucrativo negocio de las drogas, pagándole a Los Zetas una buena cantidad por los servicios prestados, éstos se instalarían en las «plazas conquistadas» para garantizar el flujo de mercancías y dinero, combatir a los enemigos del primero y disciplinar a los criminales locales, teniendo carta blanca para extorsionar a diversos negocios –legales e ilegales– en beneficio propio.

Así, bandas de ladrones, secuestradores, traficantes de indocumentados, tratantes de blancas y narco-menudistas, empezaron a pagar cuotas por «trabajar», so pena de ser eliminadas y desplazadas; mientras paulatinamente, los cobros y las extorsiones se extendían a negocios que se localizaban en la frontera de lo lícito y lo ilícito, como bares, centros nocturnos y table-dance; para finalmente propagarse hacia establecimientos como tortillerías, gasolinerías, farmacias y tiendas de abarrotes.

En las últimas décadas, Michoacán ha sido escenario de un combate sin cuartel entre los distintos cárteles del narcotráfico. Fotografía: Heriberto Paredes

En las últimas décadas, Michoacán ha sido escenario de un combate sin cuartel entre los distintos cárteles del narcotráfico, al cobrar una importancia crucial para sus negocios ilícitos. Fotografía: Heriberto Paredes

A la par de ello, la formación militar de dicho grupo, ocasionó que fuerzas de seguridad como las policías municipales y la policía federal, quedaran totalmente rebasadas por la capacidad de fuego del primero, creándose una suerte de incentivo perverso para que en el mejor de los casos sus elementos hicieran ojo de hormiga ante las actividades criminales, o bien en el peor, se incorporaran a éstas de lleno.

Ahora bien, Los Zetas no deshicieron al Cártel del Milenio sólo a base de sangre y fuego, muchos miembros de este último desertaron del mismo, ya sea por que estaban descontentos con él o por mero oportunismo, integrándose a las filas de los primeros, conformando la semilla de lo que a la postre sería una escisión que acabaría por expulsar a los fuereños, «recuperando la plaza» para «los auténticos michoacanos». Muchos marcan la consolidación de dicha ruptura con un acontecimiento que tuvo cierta repercusión mediática, cuando el 6 de septiembre de 2006, un comando de La Familia Michoacana, irrumpió en un centro nocturno de Uruapan y arrojó seis cabezas decapitadas de miembros de Los Zetas a la pista de baile.

Días después, dicha organización publicaría un desplegado en diversos medios, en donde haciendo uso de un peculiar lenguaje con tintes de fanatismo religioso, exaltación regional, y cierto afán vengativo y justiciero; aseguraban que combatirían actividades como el secuestro, el robo a casas habitación, las extorsiones, la venta de ice (metanfetamina) entre los jóvenes michoacanos y los asaltos en los caminos. Como veremos en la segunda parte de este texto, muy poco de esto tuvo lugar.

[Ir a la segunda parte.]

There are 2 comments

  1. Efrén Figueroa Estrada

    Muy bien documentado el artículo y bien manejada la información, el único defecto es que no se manejan nombres de funcionarios y políticos coludidos con el narcotráfico, y mientras esto no se habra a la luz pública, no se va a poder combatir realmente este problema del narcotráfico y la violencia que trae aparejada.

    1. Romeo LopCam

      Hola Efrén, ese tema merece todo un especial, aunque esta buena la idea, aunque requeriría de un trabajo de investigación intenso. Para empezar por los casos de los cárteles de Sinaloa y el Golfo, pueden consultarse los libros de Diego Enrique Osorno, Anabel Hernández y Ricardo Ravelo.

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