Caminar en la tormenta: entre la naturaleza y el abandono estructural de la Montaña

Colaboración Especial de  Armando Campos/Tlachinollan y Miguel Mijangos/PIAP, AC*

El sábado 14 de septiembre, a las 6:00 am, partimos a Pueblo Hidalgo, en San Luis Acatlán, a la reunión de comisariados de las regiones Costa Chica-Montaña, del estado de Guerrero. Cada mes se realiza para preparar las acciones en contra de las empresas mineras y la reserva de la biosfera que se quieren imponer en el territorio comunitario. Salimos bajo una lluvia perseverante, que para nosotros no implicaba nada diferente a lo que en época de lluvias vivimos en la región. No había radiodifusoras o televisoras que dijeran algo de la tormenta tropical que en esos momentos ingresaba al estado, ni tampoco en ningún medio se informaba que justo a esa misma altura también estaba ingresando un huracán por la costa del golfo de México.

Silencio y tormenta a la vista

Conforme nos metíamos más al corazón de la sierra, veíamos que las posibilidades de llevar a cabo la reunión se reducían minuto a minuto, pues sabemos que con lluvias fuertes los derrumbes, deslaves y crecidas de arroyos y ríos, tanto en caminos asfaltados como en las brechas, son pan de todos los años. Con ello, es seguro que quienes viajan en pasajeras no logren pasar o quienes traen vehículos pequeños tampoco, y solo quienes tienen camiones o camionetas altas y con doble tracción suelen tener más posibilidades de éxito.

Para las 10 am la lluvia era muy fuerte y ya cruzábamos pedazos de caminos con derrumbes leves, preámbulo de lo que nos esperaba.

A la reunión llegamos unas 50 personas para un evento en el que en promedio asisten entre 500 y 800 personas. La lluvia ya era torrencial y se decidió suspender para que todos intentáramos regresar a casa antes de que los caminos empeoraran. Salimos de la comunidad y en la segunda curva ya había un derrumbe grande que afortunadamente la gente de la comunidad todavía logro quitar a pico y pala, ayudando a que todos saliéramos, aunque en realidad a partir de ese momento empezaríamos a dimensionar que estábamos debajo de una tormenta muy fuerte y de la cual ya no todos lograríamos salir.

Intentamos regresar a Tlapa, pero un derrumbe enorme nos esperaba antes de la desviación a la comunidad de San Miguel del Progreso. En ese momento dos compañeros que viajaban con nosotros, se bajaron para, en medio del aguacero, llegar a pie a su comunidad, lo que implicaba caminar un máximo de dos horas, mientras nosotros pretendíamos “darle vuelta” a la tormenta y viajar rumbo a Chilpancingo (a casi 11 horas de distancia), porque al final tener camioneta nos permitía intentar otra ruta.

Desde ese punto tardamos casi 6 horas (normalmente se hace una) para poder llegar a San Luis Acatlán e intentar llegar a Marquelia, suponiendo nosotros que ya en la costa no habría deslaves, ya que los caminos siempre están un poco mejor cuidados. No logramos llegar a Marquelia, porque el rio ya pasaba 4 metros por encima de la carretera.

Nos resguardamos en San Luis Acatlán y una hora antes de que se fuera la luz, por primera vez vimos las noticias que avisaban la tormenta tropical y el huracán y que justo estábamos en medio de ellos. En el ayuntamiento de San Luis no estaba el presidente pues andaba en Acapulco y no había albergue alguno todavía instalado, lo cual indica que nadie sabía el tamaño de lo que estábamos enfrentando.

Una hora después se fue la luz, no había teléfono, ni tampoco señal para celular e internet, por lo tanto, no tuvimos forma monitorear lo que estaba sucediendo, salvo los relatos que durante nuestros intentos de regreso fuimos recopilando.

Los intentos por carretera

La carretera a Pinotepa Nacional estaba destruida y bloqueada, lo que impidió el intento de  salir por Oaxaca, al igual que por Acapulco y Chilpancingo, que estaban inundados, pero por Ayutla decían que era factible subir, así que intentamos tomar esa ruta, no sin antes cruzar por otra ruta alterna “Zoyatlán”, porque entre San Luis y Marquelia el camino seguía inundado.

Viajamos por toda la Costa Chica hasta Cruz Grande, y ahí nos decían que la laguna de tres palos ya impedía el paso rumbo a un tramo de la desviación de la carretera que va a punta diamante. La carretera en términos generales estaba en buenas condiciones; los ríos Marquelia y Copala, además de su inmensidad, dejaban ver la destrucción de varias viviendas, aunque lo más impactante fue ver cientos de kilómetros de ambos lados de la carretera inundados simulando una gran laguna, en donde los relatos daban cuenta de cientos de cabezas de ganado perdidas, mientras veíamos miles de hectáreas de huertas y cultivos bajo el agua,  y no era difícil visualizar la crisis económica y alimentaria que nos espera.

De Cruz Grande subimos rumbo a Tecoanapa para salir a Tierra Colorada, pero llegando a Tecoanapa la carretera había perdido varios tramos, un tráiler estaba volteado y varias personas regresaban de su intento por llegar a Chilpancingo después de caminar varias horas. Regresamos a Cruz Grande e hicimos una escala y fue ahí donde vimos que era imposible viajar a Chilpa y menos aún intentar pasar por Acapulco.

Estábamos ya en el 4 día del inicio de las lluvias y fue entonces que por televisión se dejaba ver el desastre, aunque también vimos a miles de soldados marchando en el zócalo de México mostrando unas grandes lanchas que en ese momento habrían salvado muchas vidas. La imagen contrastaba entre las casas inundadas y destruidas de Chilpancingo y Acapulco en comparación con los miles de soldados marchando en la plaza, a pesar de que ya se había ordenado la instrumentación del famoso plan de emergencia DN-III.

Nosotros en esa primer parte de la travesía no vimos un sólo soldado haciendo algo, absolutamente nada; pasamos por un albergue vacío de gente y lleno de colchonetas apiladas, y eso que en Cruz Grande hay un cuartel del ejército.

A caminar

Regresamos a San Luis Acatlán para dejar la camioneta en algún punto en el cual iniciaríamos nuestro regreso a Tlapa caminando. Antes de subir pasamos a la comandancia de la CRAC, ellos tenían un poco de comunicación con el resto de los policías por medio de radio portátil. Ahí nos enteramos que en Zitlaltepec, en la comunidad de San Marcos, el cerro se desgajó y se llevó diez casas. La gente pedía helicóptero para sacar heridos y estimaban por lo menos cinco muertos. Ya después otros compañeros de Zitla que nos encontramos después de caminar dos días, nos dijeron que falleció una niña que se llevo una barranca y que las familias de San Marcos estaban refugiándose en Ojo de Pescado y Media Luna, comunidades del mismo núcleo agrario de Zitlaltepec. Ahí mismo la gente caminaba para salir desde Chilixtlahuaca, hasta el crucero de Alacatzingo (dos días de camino a pie).

Desde el cruce del puente de El Manguito, ubicado en el poblado de Santa Cruz del Rincón empezamos a caminar y leímos un letrero que decía Tlapa 101 Km., por lo que calculamos 4 días a pie. No está por demás recordar que la carretera Tlapa-Marquelia tardó en construirse desde que Alejandro Cervantes Delgado (1981) fue gobernador del estado, y la concluyó René Juárez (2005), treinta años después. Veremos si ahora construyen la mitad de ella en por lo menos el mismo periodo de tiempo.

Devastación

Pasamos por varios poblados, muchos de ellos pequeños, ya sin gente, porque los derrumbes de su alrededor provocaron que dejarán sus viviendas. En el Guayabo había casas sepultadas por los deslaves o por los ríos que salieron de sus cauces y depositaron grava, arena y piedras. En Tilapa el tamaño de los deslaves era tal que había que pasarlos caminando por el filo de los cerros, pues era imposible cruzarlos. Tilapa ya mostraba muchos daños y claramente se veía que el resto del pueblo estaba en riesgo de que se desprendiera el cerro sobre ellos.

Seguimos caminando, y sin mentir, cada 40 o 50 metros encontrábamos derrumbes, desplazamiento de tierra que se iban hasta el fondo de la barranca o tramos de la carretera inservibles o simplemente desaparecidos. Eso hizo que el andar fuera más lento de lo que teníamos previsto, y que la posibilidad de que la gente saliera por su propio pie no fuera una opción viable para nadie. No se podía llegar a los supuestos refugios que según el protocolo de protección civil debe haber en los municipios, y tampoco había opción para que se pudiera traer comida, ropa y medicinas por vía terrestre.

En ocasiones subimos y caminamos por los filos de los cerros porque era la única forma de seguir avanzando. En esas caminatas nos percatamos que aun en esas cimas de bosques frondosos habían grandes grietas que cruzaban de lado a lado, como si esperaran nuevos torrentes para continuar derrumbándose. Esta situación la vimos un cerro tras otro, por lo cual pensamos será imposible trazar la reconstrucción del camino en esa misma zona, como también que los caseríos que están en esos barrancones puedan continuar ahí.

Pensamos en esos momentos que la discusión que se avecina, la reubicación de esas comunidades, no será un tema sencillo para nadie.

Espino Blanco

Nuestra primera caminata terminó a las 9:30 de la noche una vez que llegamos a la comandancia de la CRAC de Espino Blanco. La comandancia estaba en medio de dos derrumbes, lo que también los puso en una situación de incomunicación y de uso de la ambulancia y las patrullas que quedaron atrapadas. No tenían nada de información salvo lo que otros caminantes y lo que alrededor les confirmaba. Un comandante de la CRAC de Espino, estaba desaparecido; en Colombia de Guadalupe el rio pasó por en medio del pueblo. San Miguel el Progreso se había bloqueado el camino y no se sabía qué tipo de daños había pero se comentaba que habían familias que es quedaron sin viviendas. Ahí, entre los relatos que se repetían y en los cuales la única diferencia era cambiar el nombre de la comunidad, ahí nos ofrecieron té caliente, cobijas y comida. A esa comandancia fueron llegando más compañeros que venían del lado opuesto a nosotros, así que nos compartimos lo que en cada caso nos esperaba al día siguiente. Con nosotros estaban varias mujeres, una de ellas con su bebé de 20 días de nacido. Ella, todavía en cuarentena, venía de brincar barrancas peligrosas que seguían derrumbándose.

Empezamos de nuevo a las 6 am y antes de llegar a Tres Marías ya nos habían avisado que era imposible brincar dos deslaves enormes, lo que implicaba subir 4 horas hasta el filo y caminar por él para librar no menos de 1.5 km de carretera. En esa ruta nos encontramos mucha gente a la cual le recomendábamos no seguir la carretera e intentar caminar por el viejo camino real hasta Iliatenco y ahí informarse qué caminos estaban mejor para intentar llegar a San Luis, porque para pasar algunas barrancas necesitarían cuerda, además de que traían maletas que les ocupaban ambas manos y no podrán sujetarse. En ese trayecto varios se perdieron y caminaron en círculos, porque esa parte de la sierra es muy densa de bosque y tiene muchas veredas que confunden.

Al llegar a Tres Marías, bajamos de nuevo a la carretera y así seguimos hasta Paraje Montero. Un poco más adelante ya había un pedazo de camino que podía transitarse por camioneta, bajarse y caminar nuevamente hasta el barrio de Guadalupe, de ahí otro pedazo de dos kilómetros en camioneta y caminar para salir a Alacatzingo en donde ya había camionetas dando servicio hasta Tlapa.

Conciencia de la catástrofe

Para entonces sabíamos que los municipios de Metlatonoc, Malinaltepec, Iliatenco, San Luis Acatlán, Tlacoapa, Acatepec, Copanatoyac, y Atlamajalcingo del Monte, estaban totalmente incomunicadas y que muchos de los pueblos que los integran presentaban daños carreteros, de viviendas, de cosechas y lamentablemente de pérdidas humanas.

Llegado a Tlapa se realizó una reunión con el equipo de Tlachinollan para compartir lo que habíamos visto en el camino, ya que también ellos seguían incomunicados y no se dimensionaba todavía el tamaño real del problema.

Desde el 14 de septiembre y hasta el 19 del mismo, no vimos un solo soldado, una sola despensa, una sola ayuda gubernamental. Tlapa tiene un cuartel con cerca de 700 soldados… ¿en dónde estaban? Peor aún apenas ayer lunes 23 apareció finalmente el gobierno.

La naturaleza es inclemente, pero el gobierno es responsable de las negligencias de su hambruna de poder. No nos avisan que viene una tormenta grave, quizás para no detener el flujo de turistas que en ese puente largo viajaban rumbo Acapulco, y a los cuales por algo se les dio prioridad de sacar; tampoco se sabe qué diablos es el famoso plan de emergencia DN-III, porque siempre que hay algún desastre se ven tenues practicas de trabajo coordinado entre las diferentes secretarías. Dicen que hay un protocolo para la atención de desastres integrado y operado por los gobiernos, pero hasta que llega la emergencia se improvisan albergues sin que la población sepa dónde acudir. Eso si ahora ya sabemos que se acabo el Fondo para la Atención de Desastres Naturales (Fonden), cuyo monto aprobado por el Congreso para este año fue de 5 mil 507.9 millones de pesos, y al cual solamente le quedaban mil 670.5 millones de pesos para atender los daños ocasionados por “Ingrid” y “Manuel”. ¿Y si vende su avión presidencial para fondear al Fonden? Recordemos que le costó al erario cerca de 10 mil millones de pesos, casi el doble del Fonden.

Lo que sigue ya también lo sabemos, la solidaridad de entre los damnificados y la solidaridad de las personas en todo el país, anima la reconstrucción. Para ello en la región ya se mueve la organización de los pueblos y las organizaciones.

*  Armando Campos, es maestro rural, defensor de derechos humanos en Tlachilollan.

Miguel Mijangos, es técnico en producción acuícola, investigador en Planeación Territorial y miembro de la organización civil Procesos Integrales para la Autogestión de los Pueblos, AC.

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