Olvidados e invisibles

Niños migrantes centroamericanos: indiferencia e incomodidad Estatales

Por Guillermo Castillo Ramírez
Fotografía: CC BY-NC-ND 2.0 Liliana Zaragoza Cano (La frontera olvidada, 2011).

 

Como lo han venido señalando desde hace años organizaciones de derechos humanos y activistas de variado cuño de diversos países, el fenómeno social de los niños migrantes centroamericanos que se dirigen hacia Estados Unidos (EE.UU.) no es nuevo y tiene una larga y compleja génesis que hunde sus raíces en la historia de los países de origen y en la intrincada geopolítica de los intereses norteamericanos en esa porción de América Latina a lo largo del siglo XX e inicios del siglo XXI.

Durante años, la migración de niños fue una piedra incómoda en el zapato de varios gobiernos de las regiones de centro y norteamérica, situación de la que se desentendían casi por completo desviando la mirada y minimizando el asunto. Mucho antes de que alcanzara las sorprendentes dimensiones que ahora la hacen «visible» a la sociedad mexicana e internacional, esta migración era ya un problema que, por sus características y no sólo por sus proporciones numéricas, es estremecedor y suficientemente grave:

  1. Los niños migran en condiciones de clara precariedad económica y social.
  2. Los migrantes son niños y adolescentes que no migran por gusto y voluntad sino porque se ven obligados a hacerlo —y sin documentos migratorios.
  3. Dadas las características de los procesos de movilidad espacial durante su tránsito a EE.UU. y sin ninguna protección de los Estados centroamericanos y de México, los niños y adolescentes están expuestos a situaciones de excesiva vulnerabilidad, riesgo de su integridad física y su propia vida, donde las vejaciones y abusos son constantes.
  4. Es un proceso social que, lejos de estabilizarse y/o decrecer, se incrementa de forma exponencial anualmente.
  5. Finalmente, si logran culminar la trayectoria migratoria hacia el país de destino, los niños migrantes padecen condiciones de marginación y criminalización en EE.UU. por la falta de documentos migratorios. A los menores migrantes, cuando se les detiene en la frontera mexicana o en territorio estadounidense no se les reconoce ni respeta su condición de niños ni las prerrogativas a que tienen derecho, tampoco se les otorga la condición de refugiados a la que tendrían derechos dadas las situaciones de violencia y riesgo a las que están expuestos en sus países de procedencia.

Estos niveles de exclusión que viven los niños migrantes centroamericanos en las diversas etapas y lugares de su trayectoria y experiencia migratoria (lugar de origen, desplazamientos por los sitios de tránsito y los espacios de llegada) han sido documentados y denunciados de manera profusa y constante por diversos actores, agencias e instituciones relacionadas al tema de los derechos humanos, la migración y la niñez.

Una pregunta que no pocos han formulado: si los derechos humanos (en este caso, de niños) tienen un supuesto carácter universal e inalienable, ¿por qué, en el contexto de los Estados nacionales de México y EE.UU., se les escatiman y regatean sus derechos a los infantes y jóvenes centroamericanos? ¿Por qué no se les da el trato de niños y refugiados? ¿Pasaría lo mismo si se tratara de un niño norteamericano o de la Europa occidental? Entonces, ¿la garantía y el ejercicio de los derechos humanos son un asunto de geopolítica y su cumplimiento depende de los intereses y poderío económico, político y militar de los países involucrados?

Tenosique. Fotografía: Mario Marlo

Tenosique. Fotografía: Mario Marlo

Dimensiones del fenómeno, magnitud de la indiferencia

Fue hasta que el número de casos y la gravedad de los testimonios registrados llegaron de manera mucho más frecuente y masiva a las pantallas de televisión, primeras planas de los periódicos, notas principales de los noticieros, portales de Internet y programaciones de las emisoras de radio que a esta migración se le «atribuye» una magnitud colosal. En este sentido, lo que ha vuelto a esta migración un tema «visible» y «apremiante», más allá de los profundos niveles de exclusión y violencia, son las dimensiones sociodemográficas que presenta actualmente y la atención mediática que se le ha dado al asunto.

Y, sin duda, los números son abrumadores, pero no sólo por su carácter estadístico, sino por las experiencias de dolor individual y socialmente acumulado en estos procesos de movilidad geográfica forzada. Según datos de la patrulla fronteriza y del gobierno norteamericano, en la zona limítrofe internacional entre México y EE.UU., entre octubre de 2013 y mediados de junio del 2014 intentaron cruzar la frontera más de 52 mil menores, procedentes principalmente de tres países: Honduras (con 15,027), Guatemala (con 12,670) y El Salvador (con 11,436). La cifra total de niños migrantes prácticamente se duplicó respecto al año anterior, en el mismo periodo; a esto habría que agregar el número de niños migrantes mexicanos que también ronda en miles. En menos de cinco años, esta migración centroamericana creció exponencialmente. En 2009 se registraron 1,221 menores salvadoreños y para 2014 la cifra se multiplicó aproximadamente por diez al llegar a 11,436. Por su parte, Guatemala, en un patrón de incremento parecido al de El Salvador, pasó de 1,115 niños en 2009 a 12,670 en 2014. Y, Honduras, país con el mayor número de niños migrantes y con el crecimiento migratorio proporcional y neto por año más grande, pasó de 968 en 2009 a 15,027 en 2014. Se trata, además, de una migración forzada debido a las condiciones de vida que tienen estos niños en sus países de origen. Más que sólo migrantes, estos infantes tendrían que ser reconocidos por EE.UU. y México como refugiados menores de edad.

Fotografía: Cristian Leyva

Fotografía: Cristian Leyva

Migración, saldos y resultados del deterioro

Ahora bien, las causas que propician la salida no voluntaria de estos niños y adolescentes son diversas y contemplan, entre otros, el siguiente abanico de procesos:

  1. Situaciones de precariedad material vinculadas a la pobreza rural y urbana, que impelen a salir a buscar otras alternativas fuera de los lugares de origen. La migración y su promesa del norte es una de las estrategias a las que, de manera masiva, se recurre para tratar de mejorar la situación de vida. A semejanza de lo acontecido en México y resultado de la imposición internacional de las políticas neoliberales en el agro, el campo y los sectores rurales agrícolas de estos países sufren un fuerte y crónico abandono; después de décadas de una aplicación ciega y rígida de modelos económicos de libre mercado y desmantelamiento del Estado de bienestar, los saldos son claros e irrefutables: pobreza y exclusión social para la gran mayoría.
  2. Otra de las motivaciones de esta migración es huir de los procesos de violencia que padecen las comunidades rurales y las ciudades de esa región de Centroamérica. Derivados de una larga historia de conflictos sociales y armados (las guerras de El Salvador y Guatemala y el golpe de estado de hace unos años en Honduras) relacionados a la intervención del gobierno norteamericano en la región desde hace décadas, estos países, particularmente El Salvador y Honduras, tienen niveles de criminalidad y asesinato muy elevados. En estos contextos históricos y geopolíticos y a fin de entender la situación de violencia de estos países, no se puede omitir el papel de asesoría y soporte militar, político y económico que el ejército y el gobierno de EE.UU. proporcionó a los grupos contra-insurgentes en El Salvador y Guatemala a fines del siglo XX, así como el apoyo a los golpistas en Honduras a fines de la década del 2000. Tampoco hay que omitir la política norteamericana de control e intervención económica y social en la región. De acuerdo a datos y estadísticas de la ONU, El Salvador y Honduras se ubican entre los países más violentos del mundo y con los mayores índices de homicidios; en estos países la violencia vinculada al crimen y a la presencia de pandillas (como Barrio 18 y la Mara en El Salvador) se ha vuelto una condición extrema que atenta contra la vida y la persona de los niños, adolescentes y jóvenes de estas naciones. Esta migración de miles de niños hacia EE.UU. es, en buena medida, resultado del papel intervencionista que EE.UU. jugó en la región a fines del siglo pasado y principios del XXI y que condujo al actual deterioro de la vida y el tejido social de dichos países centroamericanos. Hoy estos niños migrantes, así como sus respectivas historias de marginación y violencia, son el resultado y reflejo de las medidas, políticas y programas que el gobierno norteamericano llevó a cabo en la región desde hace décadas.
  3. Junto a lo previamente señalado, otro de los motivos y detonantes por el que migran los niños es la reunificación familiar con sus padres ya que están en EE.UU. desde hace años. Antes que sus hijos, los padres de estos niños salieron tiempo atrás de sus hogares y se fueron a EE.UU. en busca de mejorar sus condiciones de vida.
Fotografía: Cristian Leyva

Fotografía: Cristian Leyva

El tránsito, entre la vulnerabilidad y la extorsión

La travesía que llevan a cabo estos niños supone un desplazamiento de miles de kilómetros y de varios días y semanas, durante los cuales los menores tienen que sortear y hacer frente a diversas situaciones de diversa índole. Este viaje deviene en una situación de riesgo permanente, donde, a través de múltiples medios de transporte (autobuses, el tren de carga «La bestia» y desplazamientoa a pie), tratan de llegar al norte de México y de ahí cruzar la frontera internacional México-Estados Unidos. Durante el «tránsito» estos niños están sujetos a diversos niveles de vulnerabilidad en razón de sus características como migrantes.

Así, dada su edad, su condición de migrantes sin documentos migratorios, su situación de centroamericanos en tránsito por México y hacia EE.UU., su precariedad material y apremiante necesidad de trabajo, están sobre-expuestos a un mayor número de abusos y agresiones. La lista de agravios que sufren los migrantes y los niños migrantes centroamericanos es larga: extorsiones, robos, violencia física y psicológica, mutilaciones, violaciones, abusos sexuales, tráfico de personas prostitución forzada, secuestros, privación de la libertad y asesinatos. Estos abusos son perpetrados por una gama de diversos individuos, grupos, organizaciones e instituciones: criminales, grupos de la delincuencia organizada y del narcotráfico, pandillas, autoridades mexicanas de nivel municipal, estatal y federal y patrullas fronterizas (border-patrol); cada uno de ellos lucran con su indefensión. Los niños y los migrantes adultos se vuelven medios y monedas de cambio mediante los cuales los sectores y grupos previamente mencionados obtienen recursos económicos. En este sentido, aunque los marcos jurídicos internacionales pregonen que para los Estados nacionales la vida humana (especialmente la de los niños) es invaluable y que se tiene que conservar y ponderar a toda costa, los hechos muestran lo contrario.

La otra cara de la moneda, los grupos por el respeto y los derechos de los migrantes

No obstante, frente a este fenómeno, hay también individuos, ciudadanos, organizaciones políticas, colectivos y asociaciones de la sociedad civil, de defensa de los derechos humanos, de religiosas y feligreses que, mediante diversas actividades de variado carácter (de asistencia social, de beneficencia, de asesoría jurídica y legal, de difusión de los derechos y apoyo a grupos organizados, de supervisión y seguimiento de las autoridades), tratan de contribuir a mejorar las precarias y riesgosas condiciones en que viajan estos migrantes. El rango de acciones es amplío y variado y está en función de los objetivos y propósitos que cada grupo u organización se plantea.

Por un lado, están los grupos de religiosos de diversas órdenes, quienes, junto con laicos y feligreses de iglesias y credos religiosos, llevan a cabo labores de asistencia y atención al migrantes de diversa índole, proporcionando desde albergue y cobijo hasta alimentación, compañía y asesoría; también están individuos, ciudadanos y grupos de la sociedad civil que, sin estar afiliados a un Iglesia o profesar un credo religioso, tienen labores de asistencia similares, como es el conocido caso de Las Patronas en Veracruz. Por otra parte, están varias organizaciones no gubernamentales y diversos centros y asociaciones nacionales e internacionales de defensa de los derechos humanos de los migrantes y los niños migrantes centroamericanos.

Todos estos grupos, desde las diversas perspectivas propias de sus identidades como colectivos sociales (ya sea como ayuda humanitaria, como exigencias directas al Estado que no garantiza el ejercicio de los derechos o como denuncias constantes y exigencias de justicia), luchan por contener y evitar la tragedia humanitaria de los niños migrantes; su cometido es contribuir a la construcción de un mundo donde la movilidad humana no se criminalice ni vulnere la integridad y dignidad de las personas.

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